Aquel tranvía de mis recuerdos

Super User
Visto: 210

Recuerdo aun aquel día de febrero de 1959,  tenía yo 9 años, cuando mis padres me montaron en aquel tranvía. Lo cogimos en la plaza de España, su destino era el Hospital Militar de Zaragoza, más concretamente al área de otorrino. Y lo recuerdo bien, porque una vez allí, había muchos chavales como yo dispuestos para el sacrificio, que consistía en la extirpación de las”bolas”, científicamente llamadas amígdalas palatinas.Por: Bernardo Ebrí Torné (Accésit en el 1º Concurso de Relatos Cortos,Tranvía de Zaragoza).

Recuerdo aun aquel día de febrero de 1959,  tenía yo 9 años, cuando mis padres me montaron en aquel tranvía. Lo cogimos en la plaza de España, su destino era el Hospital Militar de Zaragoza, más concretamente al área de otorrino. Y lo recuerdo bien, porque una vez allí, había muchos chavales como yo dispuestos para el sacrificio, que consistía en la extirpación de las”bolas”, científicamente llamadas amígdalas palatinas.

Mis padres me habían dicho que era cuestión de poco tiempo, que después de la extirpación, un paraíso de helados compensaría el sacrificio, puesto que el doctor comandante,  supongo esté ya en la gloria del Señor, había comentado a mis padres la necesidad de su extirpación, porque las consideraba “reumáticas”. Por aquel entonces, el miedo a la fiebre reumática era considerable, no sin cierto motivo, porque aquella fiebre tenía muy malas pulgas, y además de fastidiar las articulaciones, podía “morder” al corazón. Por lo que mis padres no lo pensaron más, y en aquel frío día de Febrero, fecha que me habían citado, fui llevado al sacrificio. Por ello, muy tempranito, habíamos salido, coso bajo arriba en dirección a la Plaza España, donde teníamos que coger el tranvía. No me acuerdo ahora del número de la línea, pero cuando llegué  a la parada, mi instinto de supervivencia, se resistía a subir al tranvía, aunque un empellón de mi padre acabó con la indecisión. Algunas lágrimas calladas debieron aflorar a mis ojos, porque mi madre me consoló mientras acariciaba mi cabeza, sentados en aquel vagón.

Durante todo el trayecto estuve callado, mientras mi mirada infantil vagaba a diestra y siniestra, especialmente se posaba sobre el conductor, me llamaba la atención el giro de su brazo sobre la manivela que controlaba el flamante tranvía de aquella época.

No eran igual las cosas por aquellos tiempos, ni la ciudad ni sus alrededores. El Hospital Militar se encontraba prácticamente en la periferia de la ciudad. La Plaza del emperador Carlos, donde se ubica la antigua Feria de Muestras, enfrente a la entrada del Parque, creo se llama ahora Labordeta, era para mí el límite del mundo conocido de la ciudad, donde después de bajar del tranvía muchas veces había frecuentado. Aquel parque y cabezo eran muy familiares,  porque mi madre desde muy pequeño me llevaba con frecuencia no solo a pasear, sino a tomar la tortilla de patatas que tan amorosamente me preparaba, a coger piñones, así como en alguna ocasión, a jugar con un barquito hecho con la corteza de un pino que me había confeccionado mi padre y que yo deslizaba por los canalillos de riego. Por eso aquel día además de ser un día muy especial para mí, me internaba otra vez en el mundo desconocido de la ciudad. Después de dejar atrás la plaza, el tranvía se internó por la actual Isabel la Católica. A la derecha pasamos por el recién estrenado campo de fútbol de la Romareda, ya que antes los partidos se jugaban en Torrero hasta  el 8 de Septiembre de 1957 cuando se inauguró el nuevo. A la izquierda, el tranvía pasó también muy cerca del flagrante edificio de la “Casa Grande” inaugurado  el año 1955.

Pero mis  padres no me llevaron allí sino al Hospital Militar, actualmente llamado de la “Defensa”, porque mi padre era policía, y allí teníamos que acudir en caso de necesidad.

Y allí me encontré al fin, no sé si el tranvía al dejarnos dio la vuelta para regresar a la ciudad o siguió para adelante, lo cierto es que baje de él “acoquinado” y aunque consolado por mis padres, entramos en las estancias de aquel nuevísimo hospital, ya que hacía sido inaugurado en noviembre del 1958. Un espléndido hospital, que a mi me pareció un enorme “ogro” que se me tragaba, con sus fauces dispuesto a engullirme sin piedad, aunque en realidad eran las mías las que cuando me tocó, fueron abiertas a golpe de “cucharilla”, mientras yo, envuelto en una sábana para que no me moviese, asistía impotente a la intervención.  Recuerdo que la sábana era blanca, como solían ser entonces  todas las sábanas y que mis padres habían llevado de casa, y digo blanca porque a lo primero fue así, aunque luego se tiñó de rojo durante  la operación, donde acabaron de rebanarme mis bolas palatinas.

Recuerdo, aquella monja que ayudaba al comandante, y que no dejaba de decirme mientras me manipulaban: “No te muevas, estate quieto, piensa en los helados que te vas a tomar cuando llegues a tu casa”

Mis padres, una vez terminada la intervención me condujeron otra vez al tranvía de regreso a casa. Esta vez, no me di mucha cuenta del viaje, porque tenía un dolor que aun recuerdo, un dolor urente, un intenso escozor que invadía mis maltratadas fauces. Cuando llegué a mi domicilio en la calle San Lorenzo, sita en el popular barrio de la Magdalena, mis padres me acostaron, vigilándome eso si, según las indicaciones del doctor, que observaran  no sangrase. Mi consuelo posterior, aparte de los helados que consumí, fue el de no ir durante tres días al Colegio de los Hermanos Maristas, actualmente edificio oficial de la DGA, donde estudiaba.

En mis sueños de aquellos días seguro que apareció más de una vez aquel tranvía que fue testigo mudo de  mi aventura

Leave your comments

Post comment as a guest

0
terms and condition.

Comments