Historia de la Academia Española de Médicos Escritores y Artistas

Apenas existe algún intento previo de relatar la historia de la Academia Española de Médicos Escritores y Artistas, con la excepción de una conferencia del Dr. Carlos Rico-Avello Rico, presidente de la misma desde 1981 1987, pronunciada en el seno del Encuentro Cultural Conmemorativo celebrado en la Universidad de Alcalá de Henares, en noviembre de 1978.

Dr. Francisco L. Redondo Álvaro.

CRONOLÓGIA HISTÓRICA DE ORÍGENES DE ASEMEYA SEGÚN F.L. REDONDO ÁLVARO . (Dr. Becerro de Bengoa)

 

1.918. ANTECEDENTE, se crea la ASOCIACIÓN DE LA PRENSA MÉDICA,  pero en la Biblioteca Nacional, se han encontrado dos Reglamentos anteriores (Rico-Avello):

 

 

 1.-De la ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE LA PRENSA MÉDICA  (1902), presidente el Marqués de Guadalerzas, D. Francisco Marín Sancho

El 13-XI-1902, publican  temas de Medicina, Farmacia, ciencias.Auxiliares y veterinaria. Es una unión de revistas o periódicos.

 

2.-De la ASOCIACIÓN DE LA PRENSA MÉDICA  ESPAÑOLA (1909).

Son periodistas de ciencias médicas, y admiten también temas de Odontología.

Se trata de la misma entidad?.

 

1928.-Existía la ASOCIACIÓN DE PRENSA MÉDICA NACIONAL

Defendía los intereses periodísticos, vetando a no periodistas.

 

1.928.-XII.-Comisión, fundación. E. Mesonero Romanos (Lhardy), (Referencia de  Rico Avello-1978 cincuentenario Asociación).

 

1928.- XII. Por iniciativa del Dr. Mesonero Romanos, en Lhardy se reúne una comisión para redactar los estatutos de una Asociación de escritores y periodistas médicos, integrada por Eleizegui, y otros.

 

1929-18-V. En ”Los Burgaleses”, como homenaje al Dr. Juarros, quedó.organizada la ASOCIACIÓN DE PERIODISTAS Y ESCRITORES MÉDICOS y elegida la1ª Junta  Directiva y su Presidente el Dr. Eleizegui. Se fija  “número clausus” de 30 Numerarios, con residencia en Madrid.

 

En los años 1928-1929–1930, no se encuentran referencias algunas de la Asoc. en la rev. España Médica, siendo director el Dr. Eleizegui.

 

1931–Mayo. Citas en la rev. España Médica, de la Junta creada en Los Burgaleses el 18-V-1929 con Eleizegui de Presidente de la Asociación Española de Escritores Médicos. (A E E M ).

 

5 de mayo de 1931, en la revista Vida Médica se menciona también como SOCIEDAD DE ESCRITORES MÉDICOS.

 

1931-31-XII .La Rev. España Médica, publica: 30 Médicos españoles constituyen la ASOCIACIÓN  DE ESCRITORES MÉDICOS”.

 

Primer presidente efectivo: Dr. D. José Eleizegui, Director Rev.España Medica”.Se establece, numero clausus, de 30 miembros.

 

1936 -30-I, Primera Acta. Siendo presidente  Núñez  Grimaldos y el 1º Presidente de honor (Dr. D. José Pérez  Mateos)

Entre los años 1943 a 1963, no hay Actas.

1944.-Cambia la denominación por :

ASOCIACIÓN DE  ESCRITORES Y ARTISTAS MÉDICOS.

 

 1963-Desaparece el “número clausus” y se le llama por 1º vez:

 ASOCIACIÓN DE MÉDICOS ESCRITORES Y ARTISTAS

 1964-14 –Octubre, se amplía el número de socios a 100 en Madrid y se aumenta en provincias: adhesiones e     inscripciones.

 

1.966. X.- Se cambia a SOCIEDAD DE MÉDICOS ESCRITORES Y ARTISTAS,y no confundir con Asoc. de Escritores y Artistas.

 

1969 -16-X.- Desaparece el termino Artistas y se  llama: “ SOCIEDAD ESPAÑOLA DE MÉDICOS ESCRITORES. (SEME)

 

Se incorpora a la “Confederación Internacional de Escritores.Médicos”

 

1.973, Toma el nombre de SOCIEDAD ESPAÑOLA DE MÉDICOS ESCRITORES

 

1973.- Primera Reunión Nacional de la Sociedad Española de Médicos.Escritores.  Valladolid.

 

1975.-Desaparecen los socios correspondientes todos son numerarios. (S, Numerarios: 83 en Madrid, 133 Provincias, 7 Extranjero.)

 

1977-14-I. Se inscribe en los Registros Nacional y Provincial de Asociaciones, como:

 

1.988 -14–IV, “ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE MÉDICOS ESCRITORES Y ARTISTAS.”(A S E M E Y A).

 

1988-22-julio aprobados nuevos ESTATUTOS por Dirección General Política Interior .Con 220 asociados.

 

1993.-Publicación revista ASEMEYA, director Dr. Arana .Presidenta Dra. Monasterio.

 

2007-Febrero .- Se inaugura la pagina WEB (Sara Gutiérrez).

 

2008.- Se aprueban nuevos Estatutos, Ministerio Interior.

 

Historia de los primeros años

Apenas existe algún intento previo de relatar la historia de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas, con la excepción de una conferencia del Dr. Carlos Rico-Avello Rico, presidente de la misma desde 1981 1987, pronunciada en el seno del Encuentro Cultural Conmemorativo celebrado en la Universidad de Alcalá de Henares, en noviembre de 1978. El motivo de esta celebración fue el cincuentenario de la Asociación, lo que establece la fecha de su fundación en el año 1928. Ya veremos cómo este presupuesto puede ser mantenido sólo con restricciones y matizaciones muy importantes. 

Los datos que iré exponiendo a continuación proceden de las actas de nuestra Asociación y de la prensa médica de diferentes épocas, que he consultado sin ninguna pretensión de exhaustividad. En la actualidad, se conservan actas desde el principio del año 1936 (la primera es, exactamente, del 30 de enero de ese año), aunque en el trabajo de Rico-Avello se menciona “un acta anterior que milagrosamente se conserva”. Pertenece a la propia y verdadera naturaleza de los milagros el no ser ni cotidianos, ni permanentes y hoy, desgraciadamente, esa acta ha desaparecido. En ella se recogía el nombramiento del primer presidente de honor, que recayó en el Dr. José Pérez Mateos. Esta acta debió de ser quizá la primera, o de las primeras, ya que en uno de los más iniciales documentos impresos en que se da noticia de nuestra Asociación, en el número de mayo del 1931 de la revista España Médica ( EM, que en esta época es mensual), ya aparece con este título el Dr. Pérez Mateos, que figura en el libro de registro de socios como ingresado en la Asociación en enero de 1931, siendo entonces presidente del Consejo General de Colegios de Médicos de España. 

En la revista se habla de la Asociación Española de Escritores Médicos (AEEM), aunque en el número de diciembre vuelve a aparecer como Asociación de Escritores Médicos y, en otra revista, Vida Médica, del 5 de mayo del mismo año, se menciona como Sociedad de Escritores Médicos. En cuanto al nombre exacto de nuestra entidad, la indefinición es notable y constante, aparte de que, además, de manera formal, ha cambiado a lo largo de su historia, como ya tendremos ocasión de comprobar. 

En cualquier caso, en el citado ejemplar de mayo de España Médica, se puede leer: “Al quedar constituida la AEEM se subsana algo que hace tiempo representaba una verdadera necesidad cual era la agrupación de los que a diario dedican su actividad a los trabajos periodísticos orientados con fines médicosociales”. Y sigue: “Sabemos que muy pronto harán públicos los fines de su asociación, en los que desde luego, figurarán como primordiales el alto prestigio de su profesión y los intereses de la salud pública”. Como se ve, según estos datos de EM, la asociación está recién fundada y no he encontrado en esta revista, explorando los años anteriores, 1928, 29 y 30, ninguna referencia a la misma. De hecho, unos meses más tarde, en el número de diciembre del 31, todavía aparece, siempre en EM, el siguiente titular, con letras grandes y enmarcado: “Los escritores médicos se constituyen en Asociación” y continúa: “Ha quedado oficialmente establecida la Asociación de Escritores Médicos [...] En la reunión plena últimamente celebrada se confirmó la junta directiva [...] La Asociación está constituida por treinta escritores médicos y reina entre ellos tal entusiasmo que se espera una labor brillante. En la clase médica despierta mucho interés la Asociación, ya por ella en sí, ya por las personas que se han puesto al frente, que son publicistas avezados, de prestigios reconocidos y enemigos del quietismo en todos sus aspectos”. El presidente, el Dr. José de Eleizegui López, entrevistado, afirma: “La Asociación era una necesidad. Andábamos desperdigados los publicistas o periodistas médicos” (el subrayado es mío). Hay también una fotografía con los fundadores de la Asociación, aunque a algunos de los presentes no los veo luego en los libros de registro de socios que he podido manejar. 

De todo lo anterior cabría deducir, con respaldo documental, que nuestra Asociación se fundó en mayo de 1931, con la formación de una junta directiva, que fue confirmada en una sesión plena posterior, a la que alude la noticia de diciembre de España Médica. 

Todo esto parece claro. Sin embargo, la celebración del cincuenta aniversario en 1978 y las noticias que Rico-Avello aporta pretenden situar, como ya hemos dicho, la fundación de nuestra sociedad en 1928. En el libro de registro de socios el primero de ellos es Eleizegui, que luego sería también presidente honorario, y tiene como fecha de alta el 1 de enero de 1931, la misma que otros socios que aparecen con él. No hay constancia de socios anteriores. Pero ya volveremos sobre el tema de la fecha de fundación de ASEMEYA; antes, hablemos un poco de sus posibles precursores. 

Como antecedentes de la misma, señala Rico-Avello la creación, en 1918, de la Asociación de la Prensa Médica y en esto ha de ser corregido. Tengo ante mí, encontrados en la Biblioteca Nacional, dos reglamentos, el de la Asociación Española de la Prensa Médica (1902) y el de la Asociación de la Prensa Médica Española (1909). A pesar del distinto orden de los calificativos, se trata con toda certeza de la misma entidad, que es bastante anterior, por lo tanto, a 1918. En cualquier caso, esta Asociación es radicalmente distinta, en sus objetivos y composición, de la nuestra. Del art. 1º del reglamento de 1902 tomo algunos detalles para justificar mi afirmación: La Asociación “estará constituida por las publicaciones periódicas de Medicina, Farmacia, Veterinaria y Ciencias auxiliares y tendrá por objeto fomentar las relaciones entre los periódicos nacionales y extranjeros, procurando aumentar sus lazos de solidaridad y defender los intereses que sean comunes a sus asociados”. Y más adelante: “Los socios llevarán la representación de un periódico, cualquiera que sea la población de España donde se publique” (art. 7º) y “para representar a un periódico asociado será condición indispensable la de poseer un título académico relacionado con la índole de la publicación” (art. 10º). Como se ve, esta Asociación es absolutamente distinta de la nuestra, por lo menos tal como está configurada hoy, y bastante anterior. Se trata, en esencia, de una unión de revistas o periódicos. Su presidente era, en 1902, el marqués de Guadalerzas, D. Francisco Marín Sancho y su sede estaba en Leganitos, 17-2º izda. Su fecha fundacional exacta fue el 13 de noviembre de 1902. 

En el reglamento de 1909 hay cambios de considerable importancia. Según el nuevo art. 1º, se incluyen también las publicaciones periódicas de Odontología, pero además se dice que la Asociación está constituida por “todos los profesores que, teniendo acreditado su carácter de periodistas de ciencias médicas, lo soliciten”. Se ve, pues, que la Asociación, además de ser de publicaciones periódicas representadas, lo es de periodistas profesionales de ciencias médicas. Los objetivos, sin embargo, no cambian y siguen siendo muy diferentes, como escribíamos antes, de los perseguidos por asociaciones del tipo de la nuestra. 

En 1909, es socio honorario de esta Asociación de Prensa Médica el Dr. Carlos María Cortezo y Prieto. Y desde luego es cierto que Cortezo se ocupó mucho de los intereses de la prensa médica profesional y, de hecho, en 1921, según consta en el Cronicón biográfico, publicado, bajo el seudónimo de Dottore Baloardo, por su hijo Francisco Javier Cortezo Collantes (que después fue miembro de nuestra asociación) el día 26 de agosto de 1933, tras la muerte de su padre, en la revista El Siglo Médico, “el Dr. Cortezo actuó muy intensamente cerca de Francos Rodríguez para que los periodistas médicos figuraran en la Asociación de la Prensa, que Francos presidía entonces”, sin conseguirlo, a pesar de la estrechísima relación que los unía. Fue precisamente el Dr. Cortezo, que había sido elegido por unanimidad miembro de la Real Academia de la Lengua en 1918, el que contestó al discurso de ingreso en la misma de Francos Rodríguez, el 16 de noviembre de 1921. No sólo eso. Francos Rodríguez era también médico, aunque abandonara después totalmente la profesión, y trabajó de interno en el Hospital de la Princesa a las órdenes de Cortezo, que era el jefe facultativo. Y cuando este dimitió de su puesto, Francos Rodríguez lo siguió y fue incluso su ayudante con la clientela privada. 

Prescindiendo del error en la fecha de fundación de la Asociación de Prensa Médica Española, lo cierto es que en 1928 existía tal asociación (entonces se llamaba Nacional en vez de Española), que, a pesar de defender también a los que escribían en la prensa médica, representaba fundamentalmente a las publicaciones periódicas, sus intereses periodísticos y profesionales. El ingreso en esta Asociación ofrecía probablemente grandes dificultades para los médicos no encuadrados en las revistas profesionales existentes y por ello -cuenta Rico, aunque sin aportar pruebas documentales-, tras haberse denegado el ingreso a algunos médicos que lo habían solicitado, y parece que por iniciativa del Dr. Mesonero Romanos, se celebró en Lhardy una comida en la que se decidió formar una comisión para redactar los estatutos de una futura Asociación de Escritores y Periodistas Médicos. La comisión estaba integrada por Eleizegui, Llopis, Noguera, Sánchez Taboada, Álvarez Sierra y Fernán Pérez, y presidida por el propio Mesonero Romanos. Este sería el momento inicial, prístino. En Lhardy, en diciembre de 1928, quizá en el mismo salón japonés, adornado con cañas de bambú y papel de dragones y palanquines estampados en oro en el que, tres años más tarde, se iba a reunir Azaña con su Gabinete para celebrar su presidencia, el día 2 de noviembre de 1931 exactamente. Puestos a imaginar el nacimiento, imaginémoslo bello. Aseguraba Julio Cortázar que él no sabía dónde empieza o termina lo real y lo fantástico. Igual me pasa a mí, con las siderales distancias. Mala cualidad para un historiador, se dirá. O quizá buena, quién sabe. 

No he encontrado en mi, ya digo que no exhaustiva, búsqueda por la prensa de la época, confirmación segura de estos datos anteriores. Algún rasgo de la personalidad del Dr. Mesonero Romanos, sin embargo, podría condecirse plenamente con los hechos narrados. En efecto, Eugenio Mesonero Romanos, nieto del célebre D. Ramón, el Curioso parlante, parece, por datos biográficos y de bibliografía que he podido recoger, hombre muy capaz de empeñarse en la consecución de sus objetivos o en la defensa de sus derechos o pretensiones. Un opúsculo de 1920 del que es autor, que se titula La primera Fiesta de la Flor (día de la Tuberculosis). Celebrada en Madrid el 3 de mayo de 1913, lleva el siguiente subtítulo, todo en la portada: Testimonios que acreditan que se debió a la iniciativa del Dr. Eugenio Mesonero Romanos. Se recogen en él artículos de prensa aparecidos en 1913, con los que efectivamente se demuestra que el citado médico (nuestro improbable presidente inicial, adelanto ya) fue el primero, con el seudónimo de Dr. Silvio y desde el periódico El Mundo del 9 de enero, en lanzar la idea de celebrar en Madrid una fiesta benéfica cuyos fondos se dedicaran a la lucha contra la tuberculosis, como ya se había hecho el año anterior, por primera vez en España, en San Sebastián. Insiste en dicha idea el día 23 de enero, en el mismo periódico, y logra para este propósito la adhesión sincera de D. Jacinto Benavente, que escribe un artículo en el que, respetando el seudónimo del médico, promete al Dr. Silvio que “habrá en Madrid Día de la Tuberculosis; trabajaremos para ello con buena voluntad”. También promete su ayuda el Dr. César Juarros quien, en otro artículo de El Mundo del 24 de enero, afirma que “la idea del Dr. Silvio constituye una admirable lección a la pasividad ambiente”. Se celebró finalmente la fiesta, a la que más tarde se llamaría Fiesta de la Flor, el día 3 de mayo y se recaudaron 113.000 ptas., una cantidad nada desdeñable en la época. 

Por otra parte, en el número del 15 de abril de 1929 de España Médica he hallado, dentro de la sección habitual Botones de fuego, que firma siempre el Dr. Cauterio (seudónimo del propio Eleizegui, su director), un sabroso, aunque algo críptico, diálogo imaginario con referencias a la Asociación de Prensa Médica Española, que indica la tirantez existente:


- «La Asociación de la Prensa Médica Española»... 

    «Pero, ¿existe?» 
    «Calla, y escucha [...] ha mostrado honda perturbación y discrepancia entre los miembros de su directiva [...] Polémicas sobre ética profesional, frases duras, antagonismos de criterio, y, como consecuencia, dimisiones a porrillo» 
    «¿Pocos y tan mal avenidos?» 
    «Formaban una familia, no muy numerosa por cierto, y entre padres y hermanos se armó la trapatiesta» 
    «Estaba escrito. Fue la Asociación un parto de feto no viable. La engendraron exclusivismos» 
    «Quisieron hacerse un coto cerrado, constituyendo una entidad periodística de la que ‘precisamente’ se excluyó a los únicos que debieran formarla, a los periodistas. Y salió el consabido pastel de liebre sin liebre [...] Nació una entidad de empresas, de directores que a la vez fueran propietarios de sus publicaciones [...] Se hizo con el reglamento una puerta tan estrecha que sólo pudieron pasar por ella contadísimos individuos, que formaron el coro de los elegidos; de los elegidos por sí propios, se entiende [...] y más de un veterano en la vida periodística, con derecho indiscutible a ser admitido en la Sociedad, se quedó al margen, pensando que ellos que se lo guisaban, ellos se lo comieran también».



El diálogo transcrito, que tiene el tufillo típico de la prensa polémica de la época (por eso lo he recogido, parcialmente), no deja lugar a dudas sobre los motivos de descontento. Y todo ello está escrito por alguien que es director, y propietario, de una revista de las más conocidas. Y también se refiere a alguien que se puso voluntariamente al margen, “con derecho indiscutible a ser admitido en la Sociedad”. Quizá pensaba Eleizegui, es imposible demostrarlo, en Mesonero Romanos quien, según el citado testimonio de Rico, ya había empezado a moverse en diciembre del año anterior. 

De todas maneras, en ningún momento, se habla en la prensa escrita de la constitución de otra asociación de escritores médicos, aunque el ambiente se revela bien propicio. Estas noticias más concretas no surgen, ya lo hemos contado, hasta mayo de 1931, quedan todavía dos años. Aunque hay algo entremedias que ya contaré. De momento, dejémoslo así. 

Creo, pues, que ni en 1928, ni en abril de 1929, existe formalmente nuestra Sociedad, aunque sí parecen ciertos los movimientos iniciados para su constitución. En cualquier caso, he querido indagar algo sobre la obra literaria de ese casi imposible primer presidente que propone Rico, el Dr. Mesonero Romanos. 

En los fondos de la Biblioteca Nacional, el Dr. Mesonero Romanos aparece con dos obras más, aparte de la ya citada: una sobre La vida sexual, normal y patológica y otra de poesía con el título de Gotas de rocío. De esta última, fechada en 1910, no he resistido la tentación de entresacar un par de estrofas, más alada la primera, más ‘filosófica’ la segunda, que muestro al lector: 

Yo te pido mariposa,
poca cosa,
que en tu incesante volar
al azar,
lleves tu aliento de rosa
donde se encuentra la hermosa, 
que fue causa de mi mal.

La segunda es:

Y es que en la vida, al pensar, 
se acaba por deducir, 
¡qué corta es para gozar,
mas cuán larga es al sufrir!


No diré ni una palabra para enjuiciar estos versos, ya que sólo pretendo ofrecerlos al lector como curiosidad. Recuérdese, sin embargo, que están escritos en los primeros años de nuestro siglo, con la artificiosidad y el preciosismo de la estética modernista impregnándolo todo. La marquesa Rosalinda, de Valle Inclán, es de 1913. Y Rubén Darío murió en 1916. La forma y el estilo libérrimos pueden ser peligrosos en manos de los no muy expertos. Por otra parte, en el prólogo de esta obrita, escrito en una prosa conceptista y rebuscada que parece del siglo XVII, el Dr. Mesonero Romanos pide de antemano comprensión para su creación. Y con esto termino prácticamente esta breve incursión en la vida y obra de Mesonero Romanos, nuestro primer presidente posible. Escribió también un prólogo al libro In memoriam, con poesías y prosas de Juan Leirado (1886-1919), editado póstumamente por subscripción entre los amigos del autor, por iniciativa del propio Mesonero, en febrero de 1920. Leirado había sido médico titular de un pueblecito próximo a Madrid y había muerto de tuberculosis, la terrible plaga de la época. 

En cualquier caso, cinco meses después de la comida de Lhardy, el 18 de mayo del 29, y también en otra comida, celebrada en Los Burgaleses precisamente como homenaje al Dr. Juarros por su ingreso en la Real Academia de Medicina -sigue contando Rico-Avello, sin dar documentos de referencia-, quedó organizada la Asociación de Periodistas y Escritores Médicos y elegida la primera junta directiva, que relevó naturalmente a la comisión creada previamente. El presidente era José de Eleizegui, con el Dr. Mario Sánchez Taboada, cronista médico, como se decía en la época, de El Liberal, como vicepresidente. El tesorero era el Dr. José María Llopis, redactor médico de La Voz, el contador el Dr. Luis N. De Castro, redactor médico de La Libertad y el secretario el Dr. Juan Fernán Pérez, de La Tribuna. Los vocales eran, siempre médicos, Manuel Fernández Cuesta (El Imparcial), José Barrio de Medina (La Tierra) y Felipe García Triviño (Vida Médica). También figuran como comisarios los Doctores José Sanz Beneded (El Sol) y Manuel Hernández Briz (La Nación). Se fija un número máximo de treinta asociados numerarios, que han de tener su residencia en Madrid. Ya veremos después las numerosas iniciativas, finalmente triunfantes, para modificar este númerus clausus. 

Tomo literalmente estos datos del trabajo mencionado, pero insisto en que no los encuentro en la revista España Médica, de los años 1928, 29 y 30, donde no aparece mención alguna a nuestra Asociación, lo que es extraño siendo Eleizegui, a la vez, director de la revista y presidente de aquella, según Rico. Sí los encuentro, como queda dicho, en el año 1931, cuando ya se menciona una junta directiva idéntica a la mencionada. Por ello la he transcrito, porque, con la salvedad de que es de dos años más tarde, los integrantes de la misma son los correctos. Esta sería nuestra primera junta directiva y Eleizegui nuestro primer presidente seguro. Pero en 1931. 

Todo parecía así definitivamente ensamblado, cuando nuevos documentos introducen variaciones significativas. He hallado otros testimonios escritos que sugieren correcciones importantes respecto a lo creído hasta ahora sobre los inicios de nuestra asociación, que no son tan lineales como pensábamos, y nos dotan, además, de un nuevo probable presidente, de indudable prestigio médico y literario, no mencionado por Rico. Paso a contarlo. 

Según los datos de España Médica exclusivamente, la Asociación parecería haber sido fundada en 1931, como quedó ya dicho y detallaré un poco más a continuación. Sin embargo, indagando los antecedentes hasta 1928 y teniendo en cuenta que Mesonero Romanos era, en esos años precisamente, el director propietario de otra revista especializada, Vida Médica, fundada en 1922, he investigado dicha revista. No encuentro nada en 1928, pero en el número correspondiente al 15 de septiembre de 1929 hay un recuadro en el que se informa sobre el banquete celebrado en el restaurante Molinero, el día 14 de dicho mes, organizado por los periodistas médicos en honor de su compañero José Álvarez Sierra, por el triunfo de su reciente libro La vida como la ven los médicos. Ocupó la presidencia, con el festejado, el Dr. Espina y Capo, tisiólogo eminente, académico de la Real Academia de Medicina. Y se dice, copio ahora textualmente, porque esto es absolutamente nuevo: “Al final se declaró constituida la Asociación de Escritores Médicos, aprobándose su reglamento y la siguiente junta directiva: presidente, Dr. Juarros; vicepresidente, Dr. Álvarez Sierra; contador, Dr. Noguera; tesorero, Dr. Coca; secretario, Dr. Fernán Pérez. También se acordó nombrar presidentes de honor a los Doctores Espina y Marañón. Por cierto, el restaurante Molinero estaba en la Gran Vía, esquina con Caballero de Gracia, sólo a unos pocos metros de donde celebramos nuestras reuniones en la actualidad. Así que, casi sin saberlo, estamos ahora cerca de donde quizá nacimos. El mundo da muchas vueltas, pero también la vida está llena de ocultos retornos. 

En nuestro libro de registro de socios, Marañón sí figura como socio de honor, no como presidente de honor, en 1931, aunque esto último lo fue más tarde. En cuanto al Dr. Antonio Espina y Capo no lo encuentro como socio, en ningún momento, lo que es comprensible, ya que murió en Madrid, en 1930, y nuestros primeros datos formales de inscripción son de 1931. Lástima, porque fue un médico muy prestigioso y que escribió varios tomos de memorias (el último, el cuarto, aunque no lo he podido encontrar, parece que en 1929). Había nacido en Ocaña, en 1850. Se dice que fue el primer médico de la capital en servirse de la radioscopia y la radiografía. Era especialista de corazón y tenía verdadera fama, nacional e internacional. 

Todos estos datos son absolutamente nuevos. Pero aún hay más, para ajustar algo más el rompecabezas. Yendo hacia atrás, veo también algo que ayuda a despejar incógnitas. En el número del 25 de mayo del 29, de Vida Médica, se da la noticia de que en el banquete que los médicos periodistas ofrecieron recientemente al Dr. Juarros (no se dice dónde, ni el día), en público reconocimiento de sus méritos indiscutibles -había leído su discurso de recepción en la Real Academia Nacional de Medicina el 7 de marzo- “quedó acordada la constitución de una asociación de médicos-periodistas, que funcionará como entidad independiente de la actual Asociación Nacional de Prensa Médica”. Se da también la composición de la comisión de tres miembros encargada de elaborar el reglamento. La noticia aparece firmada por el Dr. Silvio (Mesonero Romanos) y se refiere obviamente al mismo banquete que cita Rico y que ya hemos comentado. Y sigue diciendo Mesonero Romanos: “No es éste el primer intento de creación de aquélla (la Asociación, la explicación es mía), aun cuando esperamos que los doctores Fernán Pérez, Alvarez Sierra y Taboada, realizarán labor provechosa en esta ocasión”. O sea, en el banquete homenaje al Dr. Juarros se sigue acordando la creación de la Asociación, pero no se nombra junta directiva alguna (esto ocurrirá más tarde), sino una comisión. Y Mesonero Romanos afirma que no es el primer intento (se refiere probablemente a la comisión formada en Lahrdy, en diciembre del 28, que, por cierto, es más amplia que esta de Mayo del 29 y parece que no había hecho gran cosa). Regla general: cuanto mayor es una comisión, menos trabaja. 

Como se ve, con los datos expuestos hasta ahora, y tras aclarar las contradicciones existentes, no es fácil establecer una cronología definitiva de estos primeros tiempos de nuestra Asociación. Tratando de cohonestar toda esta información, me atrevo a sugerir la siguiente secuencia de acontecimientos, que resulta bastante plausible, a mi entender. 

En verdad, la noticia de Vida Médica respecto al homenaje al Dr. Juarros, se completa con lo afirmado por Rico-Avello, que fija la fecha, el 18 de mayo, y el lugar, Los Burgaleses, para dicho evento. No se constituye entonces la Junta Directiva con Eleizegui como presidente, que transcribimos antes, sino una comisión encargada de elaborar un reglamento (Fernán Pérez, Álvarez Sierra y Taboada). Ya señala Mesonero Romanos, experto en fijar y defender precedencias, que no es el primer intento de creación y se puede referir perfectamente a la comida de Lhardy en diciembre del 28. Han pasado sólo cinco meses desde entonces y es totalmente entendible que no se haya constituido todavía, formalmente, la sociedad. Lo absolutamente novedoso es lo que parece deducirse de las noticias aparecidas en Vida Médica y que intercalan una junta directiva entre mayo del 29 y la aparición formal de la junta de Eleizegui, en Mayo de 1931. 

Cuando surge esta última, no se menciona en absoluto ninguna junta directiva anterior y se habla de que a partir de ese momento queda constituida la Asociación Española de Escritores Médicos, sin más precisiones. Siete meses más tarde, en la misma revista, vuelve a darse, como noticia actual, que ha quedado oficialmente establecida la Asociación de Escritores Médicos. Parece, pues, que se trata de un proceso algo dilatado en el tiempo, con diferentes tentativas de fundación y sin excesivo cuidado en fijar las precedencias, en que se habla del inicio de la asociación en las siguientes fechas, todas ellas documentadas por mí: 25 de mayo de 1929, 15 de septiembre de 1929, mayo de 1931 y diciembre de 1931. Las dos primeras en Vida Médica (de Mesonero Romanos, trimensual) y las dos últimas en España Médica (de José de Eleizegui, cuya periodicidad era entonces mensual). En las tres últimas se mencionan juntas directivas y, puestos a ser exigentes, ni siquiera las dos de España Médica, separadas por unos pocos meses, son idénticas. ¿Error? ¿Indefinición, todavía? Yo creo más bien lo segundo. 

Esta cronología me parece irrebatible, porque está sustentada en documentos escritos, es historia. El intento más tardío, el de Eleizegui, no parece reconocer y continuar el más temprano de Juarros. Algunos de los personajes están presentes en ambas iniciativas: Noguera, Fernán Pérez, Llopis, etc., pero la verdad es que muchos de ellos están en casi todas las salsas y alguno en todas. Por otra parte, a veces resulta difícil saber hasta de quién o de qué se está hablando. En la prensa de la época, en las actas, en el libro de registro, se es poco cuidadoso a la hora de nombrar las asociaciones, que aparecen a veces con o sin algún adjetivo, o intercambiados (por ejemplo, española o nacional), o en diferente posición. Y lo mismo pasa con los apellidos, de los que en muchas ocasiones se menciona sólo uno, bien el primero o el segundo. El que escribe la noticia sabe muy bien a quién se refiere, pero es difícil para el lector de sesenta años más tarde. Se habla, sin precisión, de Noguera, o de Nogueras y, de hecho, existen médicos de la época, bastante conocidos, con estos dos apellidos y, a veces, hay dos hermanos médicos, con los mismos apellidos, naturalmente, y no se da el nombre para distinguirlos, etc. Es divertido averiguar de quien se trata, pero también puede llegar a ser tedioso y confuso. 

En cualquier caso, y por las razones ya expuestas, no creo que, de manera formal, Mesonero Romanos fuera presidente de nuestra Asociación, su primer presidente. Sí podría ser legítimo considerar para este puesto a César Juarros, ya que existe un testimonio escrito, indudable, que lo señala como tal y en el que se afirma también que ha sido aprobado un reglamento. No hay, sin embargo, otras noticias respecto a las actividades de la recién nacida asociación en un periódico tan vinculado a Juarros como Vida Médica. Y, en cualquier caso, en 1931 aparece otra junta directiva y una presencia incontestablemente más clara y terminante de la Asociación. En los libros de registro de que disponemos figura también este año de 1931 como el inicial, ya lo hemos comentado. 

La nueva Asociación, la definitiva, la de 1931, nace con empuje. En el número de enero de España Médica, de 1932, se puede leer, con cierto alarde tipográfico: “¡Los periodistas médicos han triunfado! Taboada, Noguera, Fernán Pérez y Fernández Cuesta obtuvieron premios en el concurso de la Academia Nacional de Medicina. Cuatro periodistas. Cuatro de la Asociación de Escritores Médicos”. Y en el ejemplar de marzo se dedican tres páginas enteras a dar cuenta de la fiesta de homenaje a los cuatro médicos mencionados más arriba, “por sus triunfos”. La noticia es muy interesante porque da bastante información en ayuda de mi tesis respecto a la fundación de nuestra entidad. Se dice, por ejemplo: “Cronológicamente, la Asociación de Escritores Médicos se encuentra en la lactancia. Apenas cuenta con unos meses de existencia y ya da vigorosas muestras de su potente vitalidad. [...] Ocuparon la presidencia con los agasajados [...] el presidente de la Academia Nacional de Medicina, profesor D. Sebastián Recasens; el presidente de la AEM, D. José de Eleizegui.”. 

En nombre de los agasajados dio las gracias el Dr. Taboada, para decir que “el acto significaba el comienzo de la vida oficial de la nueva entidad. Ello hará que cesen todos los cantones independientes y que los escritores médicos lo hagan al unísono para ayudar, atacar o defender los hechos relacionados con la clase médica”. De todo lo anterior se deduce que no se reconoce, en manera alguna, la vinculación con cualquier Asociación de Escritores Médicos previa y más bien lo que se hace es una llamada a la unidad. Por otra parte, se hace forzoso corregir la cronología de Rico, que colocaba a Grimaldos como nuevo presidente desde diciembre del 31. En marzo del 32 lo era todavía Eleizegui y, siguiendo con el examen de España Médica, sólo encuentro a Grimaldos como presidente ‘efectivo’ en febrero de 1934, aunque no se menciona desde cuando empezó a serlo. Y se dice en la noticia, que informa sobre un acto celebrado por la AEM: “Habló después el Dr. Eleizegui, fundador y primer presidente de la Asociación” (subrayado mío). Ya era presidente de honor. Seguramente lo fue desde que se nombró a Grimaldos presidente efectivo. 

Probablemente, la constitución de la junta directiva, con Juarros como presidente, fue real, aunque la recién nacida Asociación no desplegó demasiada actividad en los meses siguientes a su formación. Juarros era un hombre muy ocupado, aunque trabajador infatigable, y quizá no pudo dedicar el tiempo o la continuidad que la empresa requería. Al llegar 1931, con la proclamación de la república, se intensificaron los deseos y las necesidades de cambio. César Juarros, junto con el Dr. Sanchís Banús, fue elegido diputado para las Constituyentes y era muy activo en el partido republicano. El nacimiento definitivo de nuestra Asociación fue con la junta de Eleizegui, en mayo del 31, y en diciembre del mismo año, tras “la confirmación en reunión plena”, quedó establecida plenamente. Se reunió ese mes para nombrar presidentes de honor a Ramón y Cajal y Pérez Mateos y socios honorarios a los doctores Verdes Montenegro, Marañón, Juarros, Pittaluga, Sanchís Banús y Lafora. Todos estos nombramientos están debidamente reflejados en nuestros libros de registro de socios, excepto el de D. Santiago. Resumiendo: tras todos estos datos documentales, a veces inconexos, y tratando de conservar hasta lo insostenible las propuestas cronológicas anteriores, quizá podamos hablar, con muchísimas dudas, de un primer presidente ‘posible’ (Eugenio Mesonero Romanos), de un primer presidente ‘frustrado’ (César Juarros) y de un primer presidente ‘seguro’ (José de Eleizegui). 

Alguien podría preguntarse por qué, habiendo tan considerable evidencia de que Eleizegui fue nuestro primer presidente, sigo manteniendo, aunque sea con muchas precauciones, los no seguros candidatos anteriores. Una primera explicación, no una razón, es que, irremediablemente, me gusta más añadir que quitar; no sólo dejo a Mesonero, sino que propongo a Juarros. Otros argumentos son más racionales. Tiendo a conservar, en todo lo que puedo, lo que cuenta Rico-Avello. Por su valía intelectual innegable, porque conocía muy bien nuestra Asociación y porque, con toda seguridad, ya que lo cuenta él mismo, tuvo acceso a material escrito que no ha llegado hasta mí. Por otra cosa más todavía: dos de nuestros más preclaros miembros y fundadores, los doctores Enrique Noguera López y José Sanz Beneded, vivieron justamente hasta 1978. Es muy probable que Rico hablara, o hubiera hablado antes, con ellos, cuando pensó en redactar nuestra pequeña historia. En fin, la cronología final que yo propondría para nuestra Asociación vendrá expuesta a la terminación del texto, como Apéndice I. 

Volvamos al tema. Ya escribí que las incesantes actividades de Juarros le impidieron probablemente volcarse en la recién nacida Asociación. Quizá ocurrió algo más. El vicepresidente con Juarros era el Dr. Álvarez Sierra. Pues bien, veo un triste, amargado y algo ingenuo artículo de este, en Vida Médica del 15 de mayo del 31, titulado A solas con mis recuerdos y con el encabezamiento “Desde la emigración”, que revela que Álvarez Sierra había dejado España para marchar a Hispanoamérica, hacia el año 1930. Otra razón más para justificar la lánguida marcha de la nueva Asociación y la toma del poder por parte del más activo y emprendedor Eleizegui. Por cierto que la carta del probable primer vicepresidente es desoladora y deprimente y retrata la realidad de una profesión que, en la época, tiene enormes problemas de reconocimiento, económicos, etc., en los que no he querido ni entrar, por salirse de los objetivos de esta historia. Sólo traeré aquí unas líneas de un artículo de Angel de Diego, de 1934, en el Boletín del Colegio de Médicos de la provincia de Madrid: “En España puede afirmarse que hay 500 médicos que constituyen la aristocracia de la clase; 2000 que pueden vivir con holgura; 9000 que a duras penas se mantienen; y de 5000 a 6000 que constituyen el verdadero proletariado médico, es decir el 35%.” 

El viaje de Álvarez no es caprichoso y él habla del “dolor íntimo de tener que dejar lejos un hogar, una mujer y una familia”. Y sigue diciendo: “A mi espalda se abrió el coro de los envidiosos, de los traidores, de los pobres de espíritu” y se describe “desengañado, cansado de servir de presa a varios chacales de la usura y de la maledicencia, pobre [...] Soy sencillamente un bohemio inadaptado, para quien la adversidad guardó sus exquisiteces”. Se percibe en muchos comentarios de la época un ambiente de desengaño, de menesterosidad, de acritud, de lucha sin cuartel por las escasas posibilidades existentes que verdaderamente encoge el ánimo. El artículo que comento es un ejemplo vívido y por ello me detengo un poco en él. Aquí va el final, que no puede ser más desesperanzado: “¿Qué tiempo voy a estar aquí? No sé. Acaso me quede para siempre, acaso me vaya a Norteamérica o a Rusia o a Japón (sic). En busca siempre de manos amigas, que no sean traidoras”. 

Álvarez Sierra volvió a España y participó activamente en nuestra Asociación, pero estos eran sus sentimientos de emigrado, parece que forzoso. La junta directiva de Juarros, natasin duda documentalmente, nonata quizá en el terreno de los cumplimientos y de los logros, fue luego, no sustituida sino sepultada, barrida, ignorada por la de Eleizegui, a partir de mayo del 31. Antes de hablar algo de estos dos presidentes, como también lo hice de Mesonero Romanos, querría referirme de nuevo a la Asociación de la Prensa Médica. 

Ni que decir tiene que esa otra asociación, la fundada en 1902, sigue existiendo en estos años, como ya se desprende implícitamente de algunos de los hechos reseñados. Pero daré alguna concreción más. El 25 de abril del 29, por ejemplo, se recoge en Vida Médica la noticia de la junta general extraordinaria de la Asociación Nacional de Prensa Médica (ahora se llama Nacional) del 20 de abril, en la que se renueva la junta directiva y resulta presidente Ricardo Horno Alcorta, de Zaragoza (también fue socio fundador de nuestra Asociación, director de Clínica y laboratorio y Opinión Médica) y vicepresidente el Dr. J. Madinaveitia, de Progresos de la Clínica. En dicha junta general, por cierto, se acuerda la celebración del II Congreso, en Barcelona, de una Federación de Prensa Médica Latina, para la segunda quincena del mes de octubre. Ya digo que hay muchas salsas. 

Querría hacer ahora algunas puntualizaciones, antes de proseguir nuestra historia. El acta más antigua que se conserva en la actualidad es del 30 de enero de 1936 y corresponde a una junta general de la Asociación de Escritores Médicos (AEM). El nombre es idéntico al que figura en España Médica y no incluye el término ‘periodistas’. Por otra parte, en el libro de registro de socios, donde el número uno es precisamente el Dr. Eleizegui, el presidente de la primera junta directiva, y siguen los otros nueve integrantes de la misma, precisamente en el orden protocolario, llama la atención el que no figura en ningún momento el nombre del doctor Mesonero Romanos, ni como miembro de la asociación, ni como presidente o socio honorario, etc. Figuran en cambio todos los médicos que, supuestamente presididos por él, integraban la primera comisión encargada de redactar los estatutos, tras la reunión de Lhardy, así como el Dr. César Juarros. 

En diciembre del 31 colocaba Rico como nuevo presidente al doctor Joaquín Núñez Grimaldos, ingresado también el 1 de enero de 1931, con el número 20. Resultaba difícil creer que el mandato de Eleizegui hubiera sido tan corto. Las noticias ya mencionadas de España Médica obligan a modificar un poco la secuencia temporal de los presidentes. Grimaldos empezó más tarde, entre marzo del 32 y abril del 34, en una fecha que ignoro. En cualquier caso, con el nuevo presidente sigue como secretario el doctor Manuel Fernández Cuesta, que ya había sustituido al doctor Fernán Pérez en la primera junta directiva. Con los datos del acta del 30 de enero del 36, en donde se da cuenta de una nueva reelección del presidente Grimaldos y de la elección de un nuevo secretario, el doctor Francisco Marañés Portoles -pero se menciona al saliente, el doctor Fernández Cuesta-, parece lícito concluir que desde esa fecha ignorada hasta que empezamos a tener actas de la Asociación, el presidente y el secretario de la misma fueron los doctores Núñez Grimaldos y Fernández Cuesta, respectivamente. 

Lo primero que hay que decir de César Juarros y Ortega, nacido en Madrid el 13 de noviembre de 1879, es que es un verdadero escritor, aunque enseguida habría que conceder que César Juarros es todo: psiquiatra, con plena dedicación; médico militar, con experiencia del frente en Africa; periodista confeso, redactor médico de El Mundo, El Día y La Libertad; político, elegido diputado para las Constituyentes; Presidente de la Liga Española de Abolicionismo, etc. Hizo su discurso de recepción en la Real Academia Nacional de Medicina el 7 de marzo de 1929, con el título Modos de ejercer bellamente la Medicina, y le contestó nada menos que el Dr. Carlos María Cortezo. Murió el 24 de octubre de 1942. Tiene escritas obras de muy variada condición, como Informe acerca de un rancho de campaña a base de carne de conserva (1907), no precisamente para recomendarla en vacaciones, oCartilla de primeros socorros, del mismo año. Pero también tiene otras de divulgación, como La crianza del hijo (1919), La profesión del hijo (1916). O de temas variados: Atalayas sobre el fascismo (1934), Ramón y Cajal, vida y milagros de un sabio (1935), Los senderos de la locura (1928), La sexualidad encadenada (1931), El amor en España (1927), etc. También tiene diferentes traducciones. 

Centrándonos en las de carácter puramente literario, mencionaré sólo algunas: El adulterio de un hombre infeliz (1932), De regreso del amor (1926), Sor Alegría (1930), Breviario sentimental de la madre (1921), La ciudad de los ojos bellos (1922), Las hogueras del odio (1923), El momento de la muerte (1925), etc. Como he hecho con Mesonero Romanos, y como haré con los presidentes de que me ocupe, mostraré algunos párrafos, algunos fragmentos de su prosa. Están tomados de los dos únicos libros suyos que tengo en mi biblioteca. 

De El momento de la muerte: 

“Y nunca tan grata la ceguera como cuando el humo cegador proviene de las hogueras del instinto. El querer es rojo, negros los celos, plomizo el tedio. Bendita embriaguez la que nos hace ver cobalto la ilusión, rosa el despecho, esmeralda las horas. Sí, el dolor nos oprime; busquemos los labios de la deseada. Un minuto de olvido valdrá por toda la inquietud del loco querer”. 

“Esther lo sabe; pero debe aparentar que lo ignora. Por ello, al morir la tarde, tras los picos de Gorgues, embadurnándolos de pinceladas violeta, sus ojos miran hacia Río Martín, por donde pudieran venir naves con galanes capaces de ahuyentar la niebla de los días iguales. Y sus ojos grandes, serenos, púdicos, enciéndense como faros [...] Los gozosos son gentes que siguen el camino real; los apesadumbrados se extraviaron. Como si en su destino se hubiese hecho de noche inesperadamente. Campana de iglesia es en unos el pensamiento, cascabeles de collera en otros. Veloces y silenciosos corren para éstos los minutos; lentos y graves para aquéllos” 

“Ningún pueblo sufrió persecuciones y desgracias, derrotas y humillaciones, comparables a las soportadas por el pueblo hebreo. Aun hoy ignora la vanidad de la patria”. 

“Amor es ficción, mentira exquisita, telón de rosas, lindo biombo de gasas y celajes, tras el que se agazapa, burlón y campeador, el instinto. A los humanos les dio miedo asomarse al brocal y lo cubrieron de tapices románticos. Debajo siguen corriendo las aguas” 

«¡Quiero casarme! ¡Enseguida! ¡Todo tiene su tiempo! No derrochéis el mío. Quizá sea ya tarde. ¡No como vosotros, que os unisteis casi viejos!» [...] Los ancianos bajaron las encanecidas cabezas. La madre se llevó el pañuelo a los ojos. El padre dijo: «¡Te casarás en cuanto te enamores!».


De El adulterio de un hombre infeliz: 

- «Pero no te aleccionaré ínterin no te vea casado» 
- «¡Con quien tú quieras!» 
- «No, hijo; a gusto tuyo. Al fin y al cabo eres quien ha de vivir con ella. Procura que no sea ni guapa, ni inteligente, ni pobre. Si es posible, un poco beata, más baja que tú y flaca. Por contera, limpia, enemiga de leer libros de cocina y poco aficionada al espiritismo». 


Y más adelante, otro personaje: 

“Fui yo quien le propuse que se fuera con el hombre objeto de su fervor. ¡Es tan bella! ¡Tan inteligente! Tiene derecho a todo. Posee un raro sentido esotérico de la vida. Dijérase que vino emigrada de algún friso ateniense. A poco de casarnos tuvo el capricho de desnudarse en el praderío de nuestra finca, bajo la luz melancólica de una luna absorta. Se tumbó sobre la hierba, y el paisaje se cuajó de silencio. ¡Como si hubiera llegado una diosa! Tiene reacciones imprevistas. Preñadas de misterio”. 

La selección ha sido absolutamente caprichosa y sólo pretende exponer con una pincelada la obra de Juarros, sin propósito crítico alguno. Se ve, no obstante, que el autor sabe escribir, que para juzgar esto a veces sobra con poco más que una frase (“por donde pudieran venir naves con galanes capaces de ahuyentar la niebla de los días iguales”). Yo soy, además, de los que piensan que un solo verso, un solo párrafo inspirado de prosa debería bastar, en determinadas circunstancias, no para pasar a la historia de la literatura, pero sí al acervo de lo citable, de lo plenamente logrado. ¿Por qué restringir la admiración? No soy partidario del númerus clausus casi en nada. Si luego, al final, hay siempre un viento que pone a cada uno en su lugar. La belleza tiene infinitas formas y el mundo es ancho y está lleno de caminos. Diversità, sirena del mondo, cantó d’Annunzio. Un soneto es seguramente un milagro, pero un verso aislado es también una revelación, un anticipo, una epifanía. Todavía hay más. André Gide escribió: Quisiera que me juzgaran, no por lo que he sido, sino por lo que he querido ser. Y añadiría yo: Y también por lo que no he querido ser. Quizá se es más terminante y definitivo a la hora de fijar lo que uno no está dispuesto a ser.

- «Pues a mí esto me parece un razonamiento algo tendencioso, propio de los que no han escrito demasiado» 
- «Y puede que lleve Ud. razón. Aunque hay opiniones para todos los gustos. Un francés, cuyo nombre no viene ahora al caso, escribió: “¿Quién no está encantado con lo que escribe y no lo encuentra muy superior a lo de los otros? Lo veo, a veces, en mi despacho del Mercure. El que ha dedicado poco tiempo a su obra: ‘¡Esos que tardan tres años en escribir un libro!’. El que ha dedicado tres años: ‘¡Esos chapuceros que escriben un libro en tres meses!’. Quizá es imposible ser imparcial”. Yo, por mi parte, le diré que hay frases o pequeños diálogos que pueden resumir, con ventaja, un voluminoso tratado: el del ciego y el lazarillo, comiendo las uvas, es uno de ellos» 
- «¿Y quién es este francés? Debería decir su nombre de una vez. ¿Por qué no cita Ud. como todo el mundo? 
- «Bueno, se trata de Paul Léautaud, una controvertida personalidad de las letras francesas, que trabajó para el Mercure de France, y escribió un Diario literario, de más de 7000 páginas, en el que retrata con ironía y apasionamiento la vida literaria de la Francia de su época, y otras cosas. Murió en 1956.Y también fue notable lo que dijo el alcalde de una aldea cercana a donde yo nací» 
- «¿Qué dijo el señor alcalde?»
- «Bueno, fue hace ya mucho tiempo. A alguien se le ocurrió rehabilitar un grupo de mozas, y no tan mozas, que durante años habían distraído y apaciguado a los lugareños. Les cerraron la casa y las colocaron de lavanderas en el concejo. El cambio no funcionó por igual, que no todo el mundo sirve para las mismas cosas y no siempre es bueno contrariar las vocaciones. Y hubo problemas y la situación estaba bastante embarullada y confusa. Hasta que el alcalde se hartó y las reunió a todas y las amonestó y les dijo, al final, con toda severidad: “Así que, de ahora en adelante, cuando estéis en el río, que cada puta lave en su piedra y no enrede. Que vamos a ver quién es la que lava más limpio y la que gasta menos jabón”. Este alcalde, sólo por eso, tendría que pasar a la historia de la heurística o de la economía. Sin necesidad de más obra». 
- «¿Y Ud. oyó al alcalde decir todo eso?»
- «Pues, en donde sea que el cerebro guarde los recuerdos, tengo yo dibujada muy nítidamente su imagen y cómo iba vestido y su vozarrón y su firmeza. Que realmente lo viera, cuando yo era chico, o lo pusiera allí mi imaginación, por cosas que me contaran después, tampoco sabría decirle, ni quizá hace al caso. Lo que sí resulta claro es que muchas veces alargamos innecesariamente lo que podría ser mucho más breve y definitorio. Carducci, en sus lecciones en la Universidad, declaraba que “aquel que pudiendo decir una cosa en diez palabras, la dice en veinte, seguramente es capaz de cometer malas acciones”. Y Mérimée, para saber noticias de la Corte Imperial, que estaba entonces en Compiègne, escribió a Octavio Feuillet, el autor de El señor de Camors, un folio con sólo un signo de interrogación en el centro. Feuillet, para indicarle que no pasaba nada de interés, le contestó con un folio en blanco. Es que hay que abreviar, que no todo el mundo tiene tanto tiempo libre. Y, por favor, déjeme continuar, que si no, no acabaré nunca. Y los consejos también tiene que aplicárselos uno». 


Con lo mostrado de Juarros, no creo ser excesivamente indulgente si digo que, sin meterme a enjuiciar la totalidad de su obra, tiene muchas veces detalles de buen escritor. José de Eleizegui, también con muy variados intereses, es otro ejemplo rotundo de periodista médico. Es el director de una importante revista, fundada en 1926, España Médica, escribió una biografía del Dr. José María Esquerdo, en la colección Figuras Médicas de una ‘biblioteca’ editada por la propia revista, y también otras obras de Medicina, no literarias desde luego. Tiene, por ejemplo, un libro sobre Higiene Industrial, editado por Espasa-Calpe en 1930, que es una obra completa, importante y nueva en España. Conseguí hace años este preciado libro, ya inencontrable. ¡Quién me iba a decir entonces que acabaría escribiendo de su autor, no como higienista, sino como presidente de una Asociación de escritores! Su estilo es vibrante y rápido, algo retórico (no se olvide la época), pero vivo y cautivador. Quisiera reproducir, aunque sólo sea un párrafo, algo de su biografía de Esquerdo, del capítulo XVII, titulado Escritor y Periodista: “Su prosa es él; su estilo es el suyo. Grande en pensamientos, vehemente en afectos, apasionado en expresiones, descuidado en el detalle, despreciador de lo nimio y de lo insignificante, franco en el decir, rudo en el juzgar, noble siempre sentenciando...”. 

La junta de Núñez Grimaldos, con Fernández Cuesta de secretario y Felipe García Triviño de vicepresidente, “fue reelegida sucesivamente el 25/3/1933 y el 5/5/1935”, escribió Rico-Avello. Por todo lo dicho anteriormente, me siento inclinado a suponer que la fecha que se da como primera reelección fue, probablemente, la de la elección de Grimaldos como presidente, sustituyendo a Eleizegui. Y con esta junta llegamos al 30 de enero de 1936 y a nuestra primera acta. 

¡Ya tenemos actas! Luego se interrumpirán otra vez, ya lo contaremos. Con las actas el mundo se puebla de luz. ¡Qué maravilla, qué delicia! ¡Qué advertencia, qué aviso para los que tengamos, en cualquier momento de nuestra vida, que redactarlas! Cuesta trabajo no ponerse lírico. Las actas tocan de eternidad a los acontecimientos, a la existencia. El don divino, el del principio, el auroral, el de la palabra, fijada en este caso por la escritura, recrea infinitamente los hechos, los multiplica, los enriquece para siempre. Nada muere, si ha sido escrito. Déjenme que me extienda un poco en esta primera acta. 

Asisten 17 asociados (eran 30, en total); ahí, al margen, están sus nombres. El secretario, ya el Dr. Marañés, no menciona en dónde se reúnen. Quizá también es bueno dejar algo para el ensueño, yo contaré después el mío. Empieza la sesión, ¡a las 11 de la noche! A las 11 de la noche de un día de enero del 36. De un frío día de enero del 36. ¿Qué cómo sé que era un día frío? Bueno, lector, seguramente era un día frío. Siempre ha hecho frío en Madrid, en enero. Y antes más, dicen. ¡Yo que sé! 

Y el Dr. Fernán Pérez cuenta que en El Socialista se critica la labor del Dr. Pérez Mateos como Subsecretario de Sanidad y se habla, en términos muy negativos, de una partida de 5000 ptas., que se destinaría al Montepío de la Asociación de Escritores Médicos. Y que hay que hacer algo, que hay que protestar. Y el Dr. Barrio de Medina, el tesorero, dice que “él será el primero en firmar la protesta, pero especificando en ella la verdad, que ese dinero fue solicitado por la Asociación para su Montepío”. Bien dicho, Dr. Barrio, que hay que defenderse, pero siempre con la verdad. Sí, yo estoy de acuerdo con lo que dice el Dr. Barrio. Yo voto a favor. ¡Pero, de esto hace ya casi 70 años! No importa. Voto a favor. ¡Que se tenga en cuenta mi voto! 

Y también hay que renovar la junta. Y cinco de los asistentes (recuérdese, eran 17) opinan que debe renovarse por entero. Y el presidente hace constar que, por su parte, su dimisión tiene carácter irrevocable, justificándola por su estado de salud. Y otro socio defiende el cambio de junta, e incluso adelanta el nombre de otro presidente. Y se procede a la votación. Y, por unanimidad (el subrayado es mío), se reelige al mismo presidente y a la totalidad de la junta. O sea, todo es como ahora en este ¾¡bendito sea mil veces!¾ país nuestro. No ha pasado el tiempo, no han pasado casi 70 años. Por lo tanto, yo vuelvo a votar. Y voto, naturalmente, por la reelección, que no voy ahora a romper la unanimidad, habiendo llegado tan tarde. Pero que conste que no ha cambiado nada. Y que, por ello precisamente, me siento en casa, y es como si os conociera a todos, de toda la vida. 

Y en cuanto a la crítica de El Socialista... Alguien propone mandar una nota de protesta a todos los diarios. Alguien, una demanda de rectificación al periódico en cuestión. Alguno sugiere entregar el asunto a un abogado. “Finalmente, y por aclamación, es acordado que conste en el acta la protesta de la Asociación” (el subrayado es mío). Bueno, yo creo que esto no resuelve nada, que a la mayoría de la gente le tiene sin cuidado lo que conste en las actas, y yo querría hacer algo distinto, proponer otra cosa. Pero me callaré porque quizá, después de todo, han pasado ya muchos años. 

Y, la primera vez desde que existe constancia escrita, aparece, en el tiempo de ‘Ruegos y Preguntas’, la eterna cuestión del número de miembros. García Ayuso propone que se amplíe, ya que “hay médicos escritores de positivo relieve que debieran figurar en la misma” (en nuestra Asociación, aclaro). Se pide una reforma del reglamento en este sentido. Se pide también a los asociados que deseen intervenir en unas conferencias que se proyectan para Unión Radio, que lo hagan saber a la junta directiva. 

Quizá con estos primeros datos escritos y comprobables, y con el ambiente de las juntas resucitado ante nosotros (gracias secretario, Dr. Marañés), deberíamos hacer algunas consideraciones sobre la naturaleza de nuestra Asociación, antes de seguir adelante. 

Ya hemos indicado cómo los Estatutos elaborados por la comisión del 28 (que sigue, reducida, en el 29) prevén que los miembros de la Asociación no sean más de treinta. Este criterio restrictivo en cuanto a la elección de los socios fue mantenido también por las sucesivas juntas directivas encabezadas por Núñez Grimaldos. Sin embargo, nunca dejó de ser contestado, seguramente desde el mismo inicio de la Asociación. En estas agrupaciones caben, en esencia, dos tipos de encuadramiento: o se acepta el modelo con número cerrado y fijo, que impone, antes de la elección de un nuevo socio, que se produzca la correspondiente vacante; o se acepta un modelo más abierto, sin límites al número de miembros, en donde el ingreso se hace exclusivamente en función de los méritos o valía de los candidatos. Cada uno de los modelos puede reclamar determinadas ventajas, aunque mis simpatías, por algunas razones que esgrimiré más tarde, se inclinan claramente hacia el segundo. 

Lo cierto es que nuestra Asociación funcionó, al principio, de acuerdo con el primer modelo y se creó así un núcleo reducido de integrantes, muchos de ellos relacionados con el mundo del periodismo médico -aunque también hay otros profesionales destacados, catedráticos, etc.-, que parecen tener, y tienen de hecho, un fácil acceso a la prensa escrita y también a la radio. A todos estos médicos se les supone la facilidad para escribir y hacer literatura, pero los fines más evidentes de la Asociación son, en esta época, la defensa de los intereses de los profesionales de la prensa médica, la coordinación de los esfuerzos para mejorarla, la crítica y evaluación de las actuaciones sanitarias, y hasta la creación de un fondo de ayuda económica, un verdadero Montepío, del que se habla constantemente en estas primeras reuniones y que, por cierto, tiene un presidente y tesorero independientes, aunque integrados en la junta directiva de la Asociación. 

Se trata, en muchos casos, de socios que son personajes muy activos en los ambientes médicos, especialmente en el seno de las organizaciones colegiales y frecuentemente están presentes en los órganos de expresión de las mismas. Hemos hojeado algo la prensa profesional de la época y, ya desde antes de la constitución de nuestra Asociación, en el Boletín del Colegio de Médicos de la provincia de Madrid, que empezó a editarse en enero de 1916, con periodicidad mensual, aparecen enseguida los nombres de los que luego serían socios fundadores de la Asociación de Escritores Médicos. En 1917, ya está el de Martín González Alvarez, uno de nuestros socios fundadores. En junio del 18, García Triviño escribe una crónica titulada La tristeza de los dioses; en diciembre, otra llamada La leyenda del dragón, y sigue escribiendo en los años sucesivos. Y en las elecciones del 21 de enero de 1926, por poner otro ejemplo, en la nueva junta de gobierno del Colegio de Médicos de Madrid, el vicepresidente es Nicolás Martín Cirajas, el secretario es Mario Sánchez Taboada y uno de los vocales es Ramón Hernández del Castillo, todos socios fundadores de nuestra Asociación, de los que figuran ingresados el 1 de enero de 1931. Como el Dr. Angel Pulido, secretario perpetuo de la Real Academia Nacional de Medicina en 1925. Antonio Piga, que no ingresará hasta 1940, era presidente del Colegio de Médicos de Madrid en 1933. Nicolás Martín Cirajas, citado más arriba, estaba al frente de la Federación Sanitaria de Madrid en 1933. Juan Fernán Pérez escribe en el boletín del Colegio de Médicos provincial, en febrero del 33, sobre El ejercicio de la Medicina y la evolución social y después muchos artículos sucesivos, y bien documentados, sobreOrganizaciones médicas del mundo y era el secretario del Colegio de Médicos de Madrid. También en este año salió el primer número de Salud, revista de la que era director. 

En este sentido, el carácter y el espíritu de nuestra Asociación no ofrecen excesivas similitudes con los actuales y la transformación de la entidad va ocurriendo lenta e irreversiblemente a lo largo de los años y, de hecho, esta corta historia terminará, para no hacerla excesiva, cuando la Asociación adquiera prácticamente los rasgos que la caracterizan en la actualidad. En realidad, al principio, en los primeros años, nuestra Asociación se parece mucho a la propia Asociación de la Prensa Médica, de la que en cierto sentido se había desgajado, aunque quizá representando más bien los intereses de los periodistas que los de los periódicos (de los propietarios, claro). 

En 1932, Juarros había publicado su novela El adulterio de un hombre infeliz y es definido como “hombre proteico y polimorfo”-¿dónde he oído yo estos adjetivos, aplicados a un personaje?- en la crónica que hace en el citado boletín el Dr. Luis N. De Castro, socio fundador de la AEM. En 1933 muere el Dr. Cortezo y Prieto, y Álvarez Sierra, que está ya de vuelta en España -no se fue ni a Rusia, ni al Japón- hace la necrológica en el boletín y escribe donosamente, para resaltar la personalidad del finado, que “de 1880 a 1920 no podía morir ningún personaje célebre, ningún político de altura, sin el Visto Bueno del Dr. Cortezo, en consultas o juntas de doctores, donde él decía siempre la última palabra”. 

En el mismo boletín, en enero de 1934, se reproduce un trabajo, publicado precisamente en La Libertad, con el título de Reconocimiento prenupcial, del que es autor Luis N. De Castro y que había sido premiado por unanimidad “en el concurso convocado por la Asociación de Escritores Médicos para 1933”. Es nuestro primer premiado del que tengo noticia. Hay también, por cierto, una carta abierta del Dr. Barrio de Medina, socio fundador de nuestra entidad. 

En febrero, en el mismo medio de comunicación, se recoge la noticia de la cena homenaje que la AEM dedicó a su presidente honorario el Dr. Pérez Mateos, fundador de Previsión Médica Nacional, con motivo de su nombramiento como Subsecretario de Sanidad. Se agasajaba al mismo tiempo al Dr. Luis N. De Castro por el premio mencionado. A los postres, en los inevitables discursos, habló Núñez Grimaldos y después Eleizegui. Habló también el Dr. Haro, presidente de nuestro Montepío, “que terminó rogando al Dr. Pérez Mateos que, en su calidad de subsecretario, no se olvide de que en los próximos presupuestos haya la debida consignación para tan necesaria y trascendental obra”. “Prometió ocuparse de ello con todo cariño el Dr. Pérez Mateos”. O sea, de aquel inocente ruego del Dr. Haro para que el subsecretario no nos olvidara en sus oraciones, surgió el pequeño problema de la subvención al Montepío, del que ya se dio noticia. 

Recojo ahora otro homenaje, más solemne, en el Teatro Español, al Dr. Pérez Mateos. Se celebró el 9 de mayo del mismo año de 1934 y en él habló el Dr. Van Baumberghen, socio fundador -¿habrá que decirlo?- de nuestra Sociedad. El cronista señala que al banquete que siguió, con 400 comensales, asistió el Jefe del Gobierno, el Sr. Lerroux que “al entrar fue aplaudido frenéticamente”(sic). 

Para terminar, diremos que en las elecciones para la nueva junta del Colegio de Médicos de Madrid, fue nombrado presidente el Dr. Velasco Pajares, uno de los socios fundadores de nuestra sociedad y que sería presidente de la misma mucho más tarde, en el período 1943-45. 

En definitiva, y esta ha sido la razón por la que me he extendido en tratar de dibujar algo del ambiente médico e institucional de la época, la AEM aparece en estos años iniciales como un grupo reducido de asociados, limitado reglamentariamente, con indudable capacidad de influencia en estamentos críticos de la profesión y, desde luego, en sus medios de expresión más propios. Son casi todos, y así se sienten profundamente, periodistas. Como ejemplo, extractaré de una entrevista que le hicieron a Juarros el 15 de enero del 29, con motivo de su elección para la Real Academia de Medicina, lo que sigue. Dice Juarros: “Yo siento el periodismo sobre todas las cosas; y créame que he de hacer extraordinarios esfuerzos de voluntad para, en muchas ocasiones, acordarme de que soy médico y no ponerme a hacer sucesos o toros”. Lo cual no impide, sin embargo, que ese mismo año publique otra novela, El niño que no tuvo infancia, y un libro sobre Los horizontes de la psicoanálisis (sic). El mismo José Verdes Montenegro, afamadísimo tisiólogo, miembro de nuestra Asociación desde 1931, fue médico a los veinte años y no ejerció su profesión, atraído por el periodismo y la literatura, hasta ocho años más tarde en que, según confiesa él mismo, “agotadas mis disponibilidades económicas hube de renunciar a mis aficiones literarias para poder vivir”. Todas estas características de los integrantes de nuestra entidad se manifiestan en muchas de sus reacciones institucionales, de las que daré todavía algún ejemplo. 

Sin embargo, paralela e inexorablemente, otra concepción de la Asociación libra su batalla para hacerse escuchar y, finalmente, imponerse. Ya hemos hablado de los intentos, siempre fallidos al principio, de terminar con el númerus clausus. Volviendo a esta primera junta general, cuya acta ya conservamos, la del 30 de enero del 36, señalaré que en ella se propone que se celebren reuniones, bailes, sesiones artísticas y otras, “cuyos beneficios económicos pueden destinarse al Montepío de la Asociación y se da un voto de confianza a la junta directiva para que las organice”. Ya hemos visto que se habían otorgado en años anteriores premios de la Asociación, pero se daban, a posteriori, a artículos publicados en la prensa general o especializada y que no se presentaban específicamente al premio de la AEM. Pues bien, en esta junta general, se propone que se solicite de diferentes entidades ayudas para la creación de premios de la Asociación y el Dr. Martín Cirajas sugiere que se cree un Premio “por suscripción entre los miembros de la misma, encabezándola él mismo con la cantidad de cien pesetas, acordándose así por aclamación”. 

Ya puede suponer el lector que no comentaremos las restantes actas con la misma prolijidad, porque no acabaríamos nunca. Esta la he contado minuciosamente para recrear el ambiente, el talante y las notas distintivas de nuestra Asociación, a principios del año 1936. En una reunión de la junta directiva, el 13 de febrero del 36, a las 11 de la noche, se trata el tema de la primera vacante de que tenemos constancia escrita, por renuncia de un miembro, y se acuerda anunciarla, enviando una nota en la prensa. Este es el procedimiento habitual y revela de paso la envidiable facilidad para obtener la publicación de asuntos de la Asociación en los medios de comunicación, que no siempre ha sido igual, a lo largo de su andadura. El Presidente también propone “organizar un baile, que se podría denominar de la Medicina, en el cual como atracción máxima podía elegirse Miss Anatomía” (sic) y sugiere para ello las próximas fechas de Carnaval. 

¿No es delicioso? Porque, atención, aquí, con este título, aun apuntando tan claramente a la materia, no se ha traicionado ningún objetivo de la Asociación, que son todos de naturaleza muy espiritual y elevada. Pero se está hablando de baile. Y para bailar, aunque el espíritu tenga también, seguramente, algo que decir, lo hace a través del cuerpo y es el cuerpo el que cuenta, el que manda, el que dicta su ley inapelable. Muy bien, Sr. Presidente. Cuente Ud., por lo menos, con mi voto. 

No todo es festivo, no todo me sugiere comentarios risueños. En la siguiente reunión de la junta, el 10 de marzo del 36, que empieza a las once y media de la noche (no podía ser cualquiera socio entonces: hacía falta resistencia, un cónyuge angélico, etc.), se acuerda suspender el baile “por pensar que los acontecimientos políticos no eran propicios para la fiesta”. Esto ya me entristece. Algo va muy mal cuando ya no queda sitio para la fiesta, cuando ya no se puede elegir a una Miss Anatomía. ¡Pobre Miss Anatomía 1936, de la Asociación de Escritores Médicos! Te quedaste sin nacer, sin poder comentarlo luego, con toda la modestia del mundo, a las amigas, a las hijas, muchos años más tarde. Sin poder recordar, tú sola, cuando el tiempo empezara a pasar su inevitable factura, aquel día, aquella noche en que te eligieron Miss Anatomía. Por algo sería. Que no siempre ha estado una como está ahora, y una tuvo sus años. Y hasta ahora mismo, cuando me arreglo un poco, todavía me miran. Y es que la que tuvo, retuvo ¿No dicen eso? Y es verdad; claro que es verdad. 

¿Qué ha pasado entre esas dos reuniones? ¿En qué han cambiado las cosas? Bueno, pasó que el 16 de febrero había ganado las elecciones el Frente Popular y el futuro se mostró torvo e irremediable, como anunciado por el coro de una tragedia griega, como un apretado haz de infortunios por venir. Pero sigamos, porque la vida tiene que seguir y hay otros temas, otros asuntos. El Dr. Yagüe propone dirigirse a la Asociación Francesa de Periodistas Médicos y a la Asociación de Prensa Médica Belga para establecer lazos de confraternidad. Recojo estos detalles, no iremos después tan premiosamente, porque me sirven para poner de manifiesto la voluntad de nuestra Asociación, repetidamente expresada después con diferentes altibajos, de relacionarse con agrupaciones análogas de otros países y que constituye todavía hoy una especie de asignatura pendiente. 

El mismo Dr. Yagüe da cuenta después, de haber recibido, como tesorero del Montepío, “la cantidad de 800 pesetas de la disuelta Liga para la Reforma Sexual” (sic). La primera vez que leí esto, no pude evitar preguntarme por qué estos fondos pasaron a nuestro Montepío. Ni, más sugestivo aún, qué es lo que pretendían reformar los de la Liga. Y, más importante todavía, si nos debemos alegrar porque no reformaran lo que querían reformar y las cosas hayan seguido como están, que tampoco están tan mal, después de todo. Pesquisas posteriores me han llevado a explicarme parcialmente el asunto. En efecto, leo en España Médica del 1 de agosto de 1930, unos seis años antes de los acontecimientos que narra el acta, el anuncio del IV Congreso de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, que ha de celebrarse en Viena, del 13 al 20 de septiembre de dicho año, y en el que han prometido intervenir Freud, G. Bernard Shaw, Stefan Zweig, etc. Se indica a los españoles que deseen asistir que se dirijan “al vocal español del Comité de la Liga, el Dr. Fernán Pérez”. Un poco más tarde se creó la Sección Española, que tuvo como presidente al Dr. Marañón por algún tiempo, siendo sustituido por el Dr. Juan Noguera López, de los fundadores de nuestra Asociación. Probablemente por la disolución posterior del grupo, quedaron disponibles unos fondos que, por estas vinculaciones, fueron cedidos a nuestro Montepío. 

Me detengo todavía en la junta general extraordinaria del 29 de abril, porque da una muestra de ese carácter especial que tiene la AEM en estos momentos. Asisten 21 miembros de los treinta numerarios y se ha convocado la reunión, extraordinaria, previa petición de permiso a la Dirección General de Seguridad, para tratar el tema del “desposeimiento del cargo de director del Instituto Homeopático y Hospital de San José al presidente de la asociación, doctor Núñez Grimaldos". Empieza, como siempre, a las once de la noche y en ella Velasco Pajares, presidente entonces del colegio de médicos de Madrid, explica que ya ha hecho una gestión directa con el subsecretario de Sanidad sobre el tema y ha escrito además una carta al ministro, rogándole que suspenda el lanzamiento de la vivienda, dictado contra el Dr. Núñez Grimaldos. Barrio de Medina pide que se haga una campaña de prensa y ruega a todos los compañeros, “y en especial a aquellos que ocupan un puesto en diarios políticos”, que se hagan eco de esta campaña. Como se ve, la asociación, con un número escaso de miembros, constituye un grupo bien trabado en el que todos son capaces de reaccionar conjuntamente para defender a cualquiera de sus miembros, si bien en este caso se trata nada menos que de su presidente. Parece claro también que se cuenta con una cierta posibilidad de orquestar una campaña de prensa, ya que así se propone en la junta y muchos de los asociados ocupan puestos en los distintos diarios. 

Este es el perfil de nuestra Asociación, tal como estas primeras actas conservadas, del año 36, permiten dibujarlo. No se dice en ellas en dónde se celebran las reuniones de la junta directiva o las generales. Por lo avanzado de la hora y dado que el presidente es el director del Instituto Homeopático de la calle Eloy Gonzalo, en el que al parecer tiene su vivienda, sería razonable pensar que algunas reuniones tuvieron lugar en dicho edificio. Y cuando paso ahora por aquel viejo hospital, destartalado y ruinoso y lo presiento preñado de secretos, no puedo evitar que mi imaginación se me desmande. Cuando uno se mete a historiador y trata de documentar los hechos y las opiniones, también se reserva y reclama un poco de libertad para la ensoñación; para, aparte de reconocer el pasado, recrearlo y quizá hasta deformarlo un tanto. Supongo que esta es una trampa en la que todos caemos, unos más que otros. Eça de Queiroz, en O epistolario de Fradique Mendes, en la carta XI, escribió que “la ilusión es tan útil como la certeza” y pienso yo que muchas veces las cosas no están tan claras y todo puede ser mentira o verdad y, entonces, lo más bello tiene que ser la verdad, o debería ser la verdad. El hecho es que intento descubrir en donde se reunieron estos primeros socios a los que mi lectura de las actas devuelve a la vida y a los que veo llegando en la noche, quitando horas al sueño, para hablar, decidir y muchas veces defenderse, en un ambiente hostil y agrio, que prefigura la catástrofe que ahora, escribiendo en 1999, sé que iba a sobrevenir enseguida. Y los siento próximos, desvalidos, y me apena saber que todo lo peor está todavía por pasarles. El 20 de mayo hay otra vez reunión de la junta, convocada con motivo del artículo publicado en La Libertad, como respuesta a la nota de la Asociación, escrita con motivo de las famosas 5000 ptas. del Montepío. En otro momento, Barrio de Medina se queja de “la marcha lánguida de la Asociación y opina ¾sabia opinión¾ que los acuerdos de las juntas deben ser cumplimentados”. Y en otra reunión, el 19 de junio del 36, García Ayuso menciona que “hay algunos miembros que no son verdaderos escritores médicos y otros que lo son, no pertenecen a la Asociación” y vuelve a debatirse el viejo tema de la ampliación de las plazas. Y se acuerda la convocatoria de dos premios de la Asociación, dotados con 250 pesetas cada uno, y también el premio ‘Martín Cirajas’. Me temo que se trata del que este propuso que se costease por los miembros de la Asociación, empezando él mismo con 100 pesetas. Se aprobó en la junta por aclamación, pero quizá luego nadie se rascó el bolsillo y al premio se le dio el nombre del único donante. 

Es la última acta de 1936. Tras su final, en el mismo libro de actas, en la misma página, inmediatamente a continuación, se puede leer: “Junta General del 28 de octubre de 1939. Año de la Victoria”. Cuando vi por primera vez esa página, con esos párrafos de la misma letra, escritos por la misma mano (el secretario seguía siendo Marañés), sin nada entre ambos que fuera cegadoramente terrible, o sugiriera, o simbolizara, o recordara algo terrible, mi primera reacción fue de incredulidad, de anonadamiento. Cuando uno sabe la tragedia, el dolor de esos tres años, espera que todo lo recuerde y la haga evidente. Sólo llama la atención lo de ‘Año de la Victoria’, que tampoco me conmueve, ni me duele, porque es expresión ya conocida, ya vivida, ya asumida por mí en años lejanos. Ni siquiera surge en mí algo parecido a una protesta. Sé muy bien que nadie gana las guerras y menos las guerras civiles. En mi tierra, a unos pocos kilómetros de donde yo nací, ya escribió Abu Muhammed Ali ibn Ahmad ibn Said ibn Hazm, hace casi mil años, que “la flor de la guerra civil es infecunda”. Pero, incluso teniendo en cuenta todo eso, unos la pierden más que otros y quizá hay algo que puede ser una derrota más extrema y, por lo tanto, en contraposición, algo que puede ser como una victoria, corta y pasajera. Lo terrible, ya digo, es el silencio, la falta de notoriedad del desastre. El que el libro, el papel persistan y sigan ofreciendo la posibilidad de seguir cumpliendo su cometido, como si no hubiera pasado nada. 

Asisten a esa junta general doce personas “y un delegado de la autoridad”. Se empieza, como antes, como siempre, a las once de la noche. El presidente propone que se rinda homenaje a la memoria de los miembros de la Asociación desaparecidos en los tres años de guerra. Se mencionan tres nombres, “uno, asesinado por la horda roja, y otros dos, fallecidos a consecuencia de los sufrimientos y penalidades de la época marxista”. Era director general de Sanidad el Dr. José Alberto Palanca, socio fundador de nuestra sociedad. Se reelige la junta directiva, la misma de 1936. Sólo cambia el tesorero; el nuevo es el Dr. Alfonso Cerveró. 

Poco más tarde, se convocan cuatro vacantes: las de los tres fallecidos durante la guerra y la motivada por la renuncia de un miembro, ya ocurrida en el 1936. En una junta general extraordinaria se elige a los doctores Antonio Piga, Fernández Ruiz, Enrique Bardají y Navarro Blasco. Y en ella se habla otra vez -es un ritornello que nos acompaña siempre- sobre la conveniencia de crear un boletín, aunque fuese muy modesto, en el que se refleje la actividad societaria. 

En otra junta general, el 8 de marzo del 40, que empezó a las once de la noche, como desde siempre, se acuerda por unanimidad dar de baja a dos miembros, por “incompatibilidad moral, por su actuación respecto a los compañeros de profesión” (no parece que fuera por algo relacionado con la pasada guerra civil) y a otro por estar desaparecido. No mencionaré los nombres. En el libro de registro de socios he visto que el desaparecido figura después como exiliado en Venezuela. Me alegró la noticia como si hubiera recuperado un compañero. En total quedaban cinco vacantes, que fueron cubiertas en la siguiente junta general. Entraron los doctores Vital Aza, Tomás de Benito, Bosch Marín, Martín Calderín y García Romero y, excepcionalmente, quedó elegido para la primera vacante que se produjera el Dr. Castillo de Lucas. Obviamente, se discutió otra vez ampliar el número de plazas hasta cincuenta (eran treinta, como se recordará) y reformar el reglamento. Tras un amplio debate, se desestimó la ampliación. 

En la junta directiva del 29 de noviembre de 1940, se propone la organización de una “Movilización Cultural Médico-Práctica” (sic), a celebrar en la primavera del 41 y se crea un comité organizador, cuyo presidente es Vallejo Nájera. Ya hablaremos más adelante de este acontecimiento. En la junta del 22 de enero del 41, se aprueba nombrar socios de honor a los doctores Enrique Suñer y García Vicente. El primero era el presidente del Consejo General de Colegios de Médicos de España y el segundo era su secretario general. Suñer también fue presidente de una Comisión depuradora de responsabilidades políticas, después de la guerra civil. 

En el Boletín Informativo de dicho Consejo, que se había empezado a publicar en abril de 1940, en el número de noviembre de dicho año, ya se puede ver el anuncio de la tal Movilización Cultural, dirigido a los médicos de España, organizada por el Consejo General de Colegios de Médicos, “con el concurso de la Asociación de Escritores Médicos”. El presidente de dicha movilización es el Dr. Suñer y el secretario general el Dr. Enrique Noguera López, miembro de nuestra Sociedad. En dicho boletín veo un artículo suyo, Morir del corazón, y veo también artículos de Velasco Pajares, de A. Piga, de Vallejo Nájera (Necesidad de una política racial), todos miembros de nuestra Asociación. En el mismo boletín, en números del año 41, veo también trabajos de Castillo de Lucas (Refranerillo de Deontología Médica), de Leopoldo Cortejoso, también de nuestra sociedad, etc. 

En esa junta general del 22 de enero, el presidente Grimaldos insiste en su dimisión, por razones de salud, y tras un pequeño debate en el que algunos miembros se oponen a esta dimisión, el Dr. Palanca habla y dice que, visto el sentir de los compañeros, y dado que actualmente es la Dirección General de Sanidad la que nombra y destituye, “él, como director general, ordena a la directiva que continúe íntegramente en su puesto de servicio”. Con estas palabras se da por terminada la junta y se levanta la sesión. ¡Cómo pueden simplificarse las cosas! ¡Qué maravilla! Los ingleses dicen que el trabajo se hace mucho más fácil cuando uno no sabe lo que está haciendo. Pues igual ocurre cuando hay autoridad. Todo resulta mucho más sencillo ¿Para qué estaría, si no? 

Ya en la siguiente reunión, el 7 de noviembre del 41, leo la propuesta para que conste en acta la felicitación al compañero Enrique Noguera por el éxito obtenido con la Movilización Cultural Médico-Práctica. Y toma la palabra el Dr. Noguera e informa de que, como consecuencia de la Movilización, el Caudillo quiere que sea un hecho en España la Obra de Perfeccionamiento Médico, “habiendo pedido a Noguera que haga un informe o proyecto para instaurarla en España”, escribe el secretario. 

Confieso que de la lectura del acta no deduje la importancia o magnitud de la tal Movilización, que no sabía ni muy bien lo que era. Como he hecho en otras ocasiones, he estudiado la prensa médica contemporánea y transcribo algunas de sus informaciones porque quizá fue esta la empresa más notoria, aunque no de naturaleza literaria, promovida por la AEM a lo largo de toda su historia. 

La Movilización Cultural fue una masiva reunión de médicos de toda España, que recuerda a un congreso médico, pero con una vertiente práctica mucho más acentuada y estuvo envuelta en la atmósfera heroica del momento. Primero las cifras: en el discurso de clausura, Enrique Noguera habla de 5236 médicos congresistas, de los que más de 3000 eran médicos rurales; 157 cursos de perfeccionamiento, en todas las cátedras y servicios clínicos madrileños; más de 300 profesores impartieron 942 lecciones de marcado interés práctico y se expidieron 7852 certificados de asistencia a cursillos. Ciertamente, el evento no dejó de ser impresionante. Téngase en cuenta que estamos en 1941. Se pretendía reanudar e impulsar la formación de los médicos, tras el paréntesis de los años de guerra. 

Se desarrolló entre el 22 y el 31 de mayo, en el pabellón central de la Facultad de Medicina de la ciudad universitaria, reconstruido febrilmente en cinco meses, tras la destrucción de la guerra. En la inauguración también pronunció un discurso el Dr. Noguera, en el que recordó que fue la AEM la que tuvo la iniciativa de la Movilización, asumida luego por el Consejo General de Colegios Médicos. Estaba el ministro de Educación Nacional, Sr. Ibáñez Martín, “a quien corresponde, dijo Noguera, la gloria de esta realidad reconstructiva de la mayor y mejor Universidad que tendrá el mundo” (sic). Habló después el Dr. Rodríguez Fornos, rector de la universidad de Valencia y miembro de nuestra Sociedad. También el decano de Medicina, Dr. Enríquez de Salamanca y el director general de Sanidad, el Dr. Palanca. 

En la mañana del domingo 25 de mayo, se celebró una misa de campaña en la explanada de la facultad y se leyeron unas palabras de “El Tebib Arrumi”, seudónimo durante la guerra del Dr. Ruiz Albéniz, según he podido saber, y miembro de nuestra Asociación. Como también lo era “Spectator”, otro seudónimo frecuente en la prensa médica de estos años, que correspondía al Dr. Alberto Martín Fernández. El 30 de mayo hubo visita a Toledo, a las ruinas del Alcázar, con la presencia del general Moscardó. Y, finalmente, el 31 de mayo, la sesión de clausura, en la Facultad de Medicina, presidida por el generalísimo Franco, con el discurso de Noguera y también los de Vallejo Nájera y Palanca. 

Como se ve, nada de todo esto está relacionado con los fines literarios de nuestra Asociación, tal como los concebimos y entendemos hoy. Sin embargo, me he detenido en la recreación de esta especie de congreso porque quizá no es conocido por todos, porque supuso de verdad un ingente esfuerzo y un éxito (se hizo todo sin pedir ayudas económicas oficiales y hasta sobró dinero para los huérfanos de los médicos), porque retrata fielmente una época y porque el papel director de la AEM, especialmente del Dr. Noguera, está plenamente autentificado documentalmente. Quizá nunca más participó nuestra entidad en una empresa de tal calado. En la reunión de la junta se respira un ambiente de optimismo y euforia. Todo se irá normalizando después, claro. En la junta del 14 de noviembre del 41 se propone que el tesorero compre cuatro vigésimos de lotería para repartirlos gratuitamente entre los miembros de número. La Navidad ya está ahí. 

En la junta general de enero del 42, se acuerda nombrar presidente de honor al Dr. Palanca y socio de honor al Dr. Enrique Noguera (luego también sería presidente de honor). El Dr. Grimaldos está enfermo y esta vez sí se elige nueva junta. El presidente es ahora Vital Aza, el vicepresidente Velasco Pajares y el secretario es García Ayuso. El presidente del Montepío, que tiene junta independiente, aunque reducida, es el Dr. Vallejo Nájera. 

Termina así la era de Núñez Grimaldos, la de las reuniones -este es el detalle que recuerdo como más original; el cerebro, al menos el mío, se aferra muchas veces a los signos menudos- a las once de la noche. Investigada la producción literaria de Grimaldos en los fondos de la Biblioteca Nacional (sólo lo he hecho con los presidentes, para no hacer interminable esta narración), apenas encuentro obras escritas por él, ni médicas, ni literarias. Figuran tres traducciones del alemán. He hojeado una de ellas, La vida sexual de la mujer, escrita por el Prof. E. Heinrich Kisch, de la Universidad alemana de Praga, traducida en 1915, y no aparece en la misma ni una página escrita por el traductor, ni prólogo, ni estudio o introducción. Debo decir, sin embargo, que el castellano de la obra es grácil y fluido y esto, en las traducciones del alemán, tiene su mérito. 

Dejo este párrafo como lo escribí hasta que, pasado algún tiempo, encontré por fin una obrita de Grimaldos, firmada con el seudónimo J. Enegé, Marta Nestale (La virgen de Nacar). Es un libro de bolsillo muy pequeño, de formato 13x10 cm, de 1944, en el que, en la misma portada, se puede leer también: Narración apologética de la Virtud, en tres episodios: 1º. Recuerdo y gratitud; 2º. Declaración de amor; 3º. Luna de miel en el cielo. El Dr. Joaquín Núñez Grimaldos no se complicó mucho la vida para encontrar un seudónimo (J. Enegé) y tampoco para escribir la novela. En el prólogo se dedica el libro “a las numerosas muchachas españolas que, por su belleza y su bondad, serían capaces de desempeñar el papel de la protagonista”. Anuncia luego el autor otra novela que dedicará a las mujeres casadas, Alquería de las mariposas (el título es precioso), y otra, todo tiene su orden, a las futuras madres, La Madrecita negra, de las que no he encontrado rastros, porque seguramente no llegaron a ser escritas. De la primera diré que Marta era hija de Don Buenaventura Nestale, farmacéutico de la localidad de Nacar, un pueblecito de menos de 500 habitantes, situado en las estribaciones de una famosa sierra de Castilla. No contaré la historia, trágica y tristísima. Sólo recogeré, como he hecho otras veces, un pequeño párrafo: “También son para mí alhajas esos dos nardos que llevas prendidos, y que me huelen a ti, porque tú emanas esencia de nardos: una esencia que embelesa, que invita a amar y que perdura indefinidamente en los sentidos, porque se acumula en el corazón. Es la esencia que yo respiro desde que te vi”. Son palabras de enamorado. De un comandante que va a morir en la guerra, después de casarse con Marta, en un frente al que tiene que marchar el mismo día de la boda. Estamos en 1944. 

No deja de ser chocante la muy escasa labor literaria de un hombre que fue durante más de diez años presidente de la Asociación de Escritores Médicos. Esto revela las características de nuestra Asociación en estos años iniciales, a las que nos hemos referido previamente, no excesivamente ancladas en la producción literaria propiamente dicha. Y resalta, a mi juicio, el principal inconveniente del númerus clausus: con este sistema se hace especialmente grave o distorsionador el que “no sean todos los están” porque puede llevar a que sea imposible “que estén los que sí son”. Cosa que no ocurre cuando no hay limitación en el número de asociados. Entonces, si alguien no reúne todos los requisitos exigibles para pertenecer, al menos no priva por ello a ningún otro de esta posibilidad. 

Nueva sesión de la junta directiva el 12 de febrero del 42. Y, no inesperadamente, se propone de nuevo la reforma del reglamento, para acabar con la limitación del número de socios. Se crea una comisión para ello. El presidente, Dr. Vital Aza, ofrece personalmente 1500 pesetas para la convocatoria de un premio de la Asociación. Ya había dado, el mismo día de la junta en que fue elegido, y a la que no asistió, 500 pesetas para el Montepío. Se propone la realización de un fichero de asociados y que cada miembro haga un trabajo biográfico sobre un escritor médico ya fallecido. Se levanta la sesión a las 8.30 de la tarde. Son otras horas ya, son otros tiempos. 

La siguiente junta general se celebra el 18 de abril del 42. El Dr. Vital Aza se excusa por no poder asistir y “desea ofrecer a los compañeros la cena en que se hallan reunidos”. Es verdad que el Dr. Aza muchas veces no puede asistir, pero también es cierto que parece tener la cartera siempre a mano. ¿Qué le pasa al Dr. Aza que no puede venir? Pues que el Dr. Aza es un prestigioso ginecólogo -no la mejor profesión para hacer planes y fijar citas con alguien- y tiene que estar trabajando para poder luego ayudar al Montepío, dotar premios y pagar cenas. Por lo poco que sé y he leído de él, ya lo mencionaré más adelante, de verdad que me parece excepcionalmente generoso, afectivo y simpático. Palanca propone que se pague cada uno la cena y que la oferta del Dr. Aza vaya al Montepío. No se va a aprovechar nadie directamente, pero tampoco se trata de desperdiciar los donativos. Se insiste en que cada socio escriba una biografía. Se levanta la sesión a las doce de la noche. Otra vez muy tarde, pero es que hubo cena. A escote. 

Hay un acta, cortísima, del 5 de Enero del 43 en que se refleja, por unanimidad, el acuerdo de dejar en suspenso “la decisión referente al apartamiento momentáneo del Dr. Vital Aza”. También se lee que “el secretario da cuenta de que en el mes de julio pasado quedó aprobado el reglamento de la Asociación”. No existe ninguna acta más que recoja dónde y cómo fue aprobado dicho reglamento. El nuevo secretario es menos minucioso, menos exacto que Marañés, el anterior. Y parece, no hay más datos, que Vital Aza no puede cumplir con sus obligaciones de presidente y se había acordado apartarlo momentáneamente del cargo, aunque se dejara luego en suspenso la resolución. 

En la junta general de 27 de enero del 43 se recuerda la propuesta de escribir las biografías correspondientes y formar una “galería de médicos célebres”. El secretario propone que la posesión de un Premio de la Asociación sea mérito suficiente para ingresar como numerario. En otra junta posterior, en abril, se acuerda sacar a concurso las cinco vacantes que existen. El 18 de mayo se lee el acta de concesión de premios y se propone llevar a la próxima junta general la propuesta de provisión de cuatro vacantes: para Blanco Soler, Cortezo Collantes, Álvarez Sierra y Laín Entralgo. Quizá la otra vacante es para el ganador del premio, aunque no se especifica. Desde luego, en el libro de registro de socios están expresamente recogidos los ingresados por premios en años posteriores. El sistema de númerus clausus se ha modificado algo, pero no parece que haya desaparecido aún del todo. Velasco Pajares está actuando como presidente de hecho y hasta se propone a Martín Calderín para el cargo “vacante” de vicepresidente. Se propugna la relación con los escritores médicos portugueses. 

En la junta general del 28 de junio del 43 es ya presidente Velasco Pajares y se nombran los nuevos socios, aunque un miembro pregunta “si todos tendrán deseos de venir a las reuniones de nuestra sociedad”. Esto indica que el sistema de provisión de vacantes, en este caso, ha cambiado, en el sentido de no requerir la solicitud formal del candidato, sino sólo su aceptación. Parece, en fin, que se han ofrecido las vacantes. Por ello, y tras discusión, se acuerda dirigir una carta a los interesados “preguntándoles si desean ingresar en la Asociación”. Se recuerda el tema de las biografías médicas. Alguno ha hecho los deberes. Vallejo Nájera dice que tiene preparada la del Dr. Cortezo, y Perera Prats las de Hernández Morejón y Diego de Argumosa. Ni estas, ni ninguna otra, han llegado a nuestras manos. Si las hicieron, se perdieron. 

En la reunión de la junta del 16 de octubre, a propuesta de Fernán Pérez, se decide constituir una peña de escritores médicos, para reunirse todos los sábados a las ocho. Permítaseme aquí una pequeña digresión. No es casual la propuesta de Fernán Pérez. Ya mucho antes de la guerra (tengo datos de 1930) formaba él parte de una tertulia que se reunía en el Lyon d’Or, el viejo café de la calle Alcalá, el mismo que albergó más tarde la tertulia nocturna que presidía Eugenio D’Ors y a la que iban Ignacio Zuloaga, José María de Cossío y Emilio García Gómez, entre otros. Los contertulios de Fernán Pérez entonces, eran los de la promoción del 14 y ahí estaban Díaz Gómez, Sánchez Morate, Cerveró y Lacort, todos de nuestra Asociación y también el actor Manolo Paredes, que había estudiado varios años de medicina con esta promoción. Fernán Pérez había empezado con ellos también, pero terminó un año antes, porque hizo tercero y cuarto a la vez (¡de qué cosas se entera uno leyendo, Señor! ¡Cuánto peligro!). Cenaban todos juntos, los primeros miércoles de mes. También había miembros de nuestra Asociación en la peña “federacionista”, que se reunían todos los lunes, al filo del mediodía, en el café María Cristina, junto a la Puerta del Sol, que tenía entradas por las calles Arenal y Mayor. El Papa negro -así lo llama el cronista- de la misma era el Dr. Martín Cirajas, presidente de la Federación Sanitaria Madrileña (de ahí el nombre de la tertulia) y asistían los doctores Palanca, Sánchez Morate, Ruiz Heras, Cortés Rivas, etc. Había otras peñas de médicos, pero no me extenderé más. 

En ese café María Cristina, la noche anterior al 14 de Abril de 1931, sucedió algo que me gustaría contar. Será una muy corta digresión. Había un conjunto que hacía música y un lleno absoluto. El público, enardecido, empezó a pedir que tocaran el himno de Riego. “No conocía su música el violinista, y no pudo tocarlo; pero una afortunada inspiración vino entonces a su mente: de un salto, se puso en pie sobre el mármol de un velador e hizo que de su violín saliese una sonora y entusiasta Marsellesa, pronto unánimemente coreada. Bella estampa romántica.” Estamos en Madrid, en un café de la Puerta del Sol. Pero, ¿no es muy parecido a lo que ocurre en Rick’s, el café américain de la mítica películaCasablanca, de Michael Curtiz, rodada en 1942, once años más tarde. No es que el arte, la ficción, copie a la naturaleza, o al revés. Es que son la misma cosa. La escena la narra un distinguidísimo miembro de nuestra Asociación, presidente de honor, Laín Entralgo, que fue testigo presencial esa noche, en su sincero y esclarecedor Descargo de conciencia, de 1976. 

Volviendo a nuestra junta, Velasco propone “que se celebren sesiones literarias en las que intervendrían, en primera intención, los socios de nuevo ingreso, quienes vendrían obligados a preparar un trabajo literario-médico a dicho fin”. Obviamente, no era requerido antes. Ya empieza a parecerse todo más a la Asociación, tal como la conocemos hoy. Se designa para una primera, a Laín Entralgo y Álvarez Sierra y para una segunda, a Blanco Soler y Cortezo. Martín Calderín a continuación promete preparar un estudio con títuloBeethoven no fue sordo. ¿Se lo pidieron? ¿Se ofreció él? No lo sé, lector, pero me lo supongo. No he visto nunca a nadie, y llevo mucho tiempo en este oficio, solicitar que le endilguen una conferencia o discurso, mientras que he presenciado en cambio el espectáculo de centenares de escritores brindándose generosamente a pronunciarlos. Por lo tanto, aquí hay claramente una hipótesis que es más plausible. Se ofreció, se sacrificó. ¡Se inmoló! ¡Bonito es este país! ¡Bendito sea, a pesar de esto, pero ya menos de mil veces! Aquí aparece de improviso Cicerón y lo mandan a por el café. 

Escribir es, definitivamente, falsear. He pedido ya dos veces, con nada disimulado entusiasmo, la bendición para nuestro país y alguien podría pensar que soy de los que aman a su tierra, sin posibilidad de crítica o reflexión. Nada más alejado de la verdad. Creo sinceramente que tenemos un país envidiable en muchos sentidos, lo que nos debería hacer más activos en su cuidado, en el perfeccionamiento de nuestra convivencia. Pero, aparte de esta creencia apasionada, estoy extremadamente mal dotado para los nacionalismos. Mi patria, mi verdadera patria, es la vida. Alguien lo dijo antes que yo, es una frasecilla. Pero condensa algo de lo siento al respecto. La tomo. 

También querría explicar que, si ironizo un poco a veces, lo hago para trivializar, para hacer más tolerable algún aspecto ingrato de la realidad -esa es una de las funciones del humor-, depurándola y tornándola más amable. Porque este interés de algunos en hacerse escuchar, muy estrechamente vinculado con la disposición a no atender a nadie -esto que digo no tiene nada que ver con el caso que acabo de referir-, puede llegar a ser enfadoso y se da ocasionalmente en agrupaciones como la nuestra. Esa vanidad provoca en mí un odio autolimitado, que sería irremediable si no fuera dulcificado por el tratamiento satírico de la situación. Seguramente no soy el único. Luis Fernando Alvarez y Pérez Miravete (“Arturo Rigel”), nuestro secretario en 1968, recoge, con toda intención, en el acta de una junta general: Intervino el Dr. X (no diré el nombre), “quien después de hacer un panegírico de su propia obra y labor dentro de nuestra Sociedad, aduce en términos enérgicos el derecho a que se cree acreedor de pronunciar una conferencia en una sesión del presente curso, rogando, por circunstancias personales, que le sea asignada la fecha de inauguración del curso” (el subrayado es mío). Nada más natural. Si uno se hace miembro de una sociedad es para hacerse oír, y cuantas más veces mejor. Y la sesión inaugural parece especialmente apropiada. ¿Y los demás? ¡Qué sabe uno de los gustos de los demás! Si fuera uno a preocuparse por eso, no se acabaría nunca. A lo mejor les gusta escuchar, a lo mejor les sienta bien. Uno sabe lo que le gusta a uno, y malamente. De los otros, mejor ni hablar. En esto de las aficiones hay mucha variedad y colorido. 

Al Dr. X se le dijo que ya estaba confeccionado el programa para el curso y él adujo que, quien fuera, había corrido mucho, que eso era misión propia de la junta general. El presidente, Dr. Zúmel, explicó que no, pero accedió a que se votara su propuesta. Fue rechazada estruendosamente. El Dr. X no pudo dar su conferencia inaugural, pero siguió en la Sociedad, claro, porque yo no he dicho, ni pienso, que los parlanchines sean mala gente. Y, además, siempre queda la esperanza de la sesión inaugural del curso siguiente, que nunca hay que perder la ilusión. 

Sigamos con nuestro tema. Parece claro, a la luz de las actas conservadas, que Velasco es ya el presidente desde mediados del 43. Por lo tanto, aquí hay que hacer una pequeña corrección a lo propuesto por Rico-Avello en el apéndice cronológico anexo a su conferencia. Por las razones que sean, el Dr. Aza se resiste a ocupar la presidencia, aunque también se habla en alguna junta, en su ausencia, de que “quizá se pueda vencer esta postura del presidente”. No se logró. Y lo siento, porque, como escribí antes, Aza parece una persona llena de encanto. Estudiando los fondos de la Biblioteca Nacional se encuentran bastantes obras suyas de carácter médico y alguna menos estrictamente profesional, como Feminismo y Sexo, de 1928. No, no era un escritor, pero en esto no era diferente de muchos de los restantes presidentes de nuestra sociedad. 

No puedo señalar exactamente cómo terminó la presidencia de Aza, ni las últimas razones. Renuncio muchas veces a recoger los innumerables detalles y matices para no caer en ese defecto al que los franceses califican como l’ennui de tout dire. De algún texto parece deducirse que fue el propio presidente el que quiso cesar. Sin embargo, también hay que recordar que Vital Aza, junto con Ara, Hernando, Pittaluga, Tello y otros, había sido expulsado de la Real Academia Nacional de Medicina en un proceso de depuración de los corrientes en la inmediata postguerra. No consta que nada parecido ocurriera en nuestra Asociación, en el caso de Aza. Sin embargo, sí mencionaré que el nombre de Gustavo Pittaluga, que había sido nombrado socio de honor en 1931, aparece en nuestro libro de registro sepultado bajo otro distinto, de manera que me fue muy difícil reconocerlo. Tenemos, pues, por tener de todo, hasta un pequeño, mínimo palimpsesto en nuestros archivos. 

Por cierto, con este Vital Aza Díaz, lo primero que hay que hacer es no confundirlo con su padre, cosa que ocurre a veces. El padre sí que fue un muy prolífico escritor y autor teatral. Se llamaba Vital Aza Álvarez-Buylla y también fue médico, aunque empezó la carrera algo tarde, a los veinte años, y no la ejerció nunca. Escribió más de mil poemas y repentizaba con el mismo desparpajo con que se cuenta lo hacía Narciso Serra, poeta y autor dramático madrileño, algo anterior en el tiempo (1830-1877). A los dos, se dice, les era más fácil hablar en verso que en prosa. No puedo detenerme aquí en la figura del padre. Diré, simplemente, que en 1882 se casó con Dª Maximina Díaz Sampil y de ellos nació nuestro presidente, en 1890, en Mieres. 

Ya dije que el hijo no fue escritor. Sí fue un prestigioso ginecólogo, presidente de la Sociedad Española de Ginecología, y leyó su discurso de recepción en la Real Academia Nacional de Medicina, Derechos y deberes biológicos de la mujer, el 15 de febrero de 1934. Fundó el Sanatorio de Santa Alicia en 1919, en donde después estuvo el equipo quirúrgico Montesa, en la calle del mismo nombre, “que no tiene que envidiar a las clínicas suizas y alemanas”, dijo en su discurso de contestación el Dr. Enrique Slocker, quien también sentenció, al final: “La Academia está de enhorabuena: ha entrado un señor”. Seguramente lo era. Murió el 12 de octubre de 1961, de leucemia, enfermedad que ocultó hasta a sus propios familiares. 

En Feminismo y Sexo, expresa una preocupación, sincera y muy avanzada para su tiempo, por la condición femenina y sus desventajas sociales. Aprovecho el clima para decir que nuestro primer socio femenino fue una doctora corresponsal de Jaén, Dª María Nieto Donaire, sin fecha de ingreso, pero que debió de hacerlo entre 1945 y 1947. En la obra citada, Aza escribe un “pórtico”, de unas cinco páginas, explicando por qué no ha solicitado un prólogo, “ya que si el lector va a encontrar pobre y deslucido nuestro trabajo, aún habría de hacerle más penosa impresión si desde la brillante luminosidad de un prólogo se internara en lo que luego sigue”. Tampoco quiere prologarse él mismo, “fiel al consejo de la doctora de Avila: no hablaremos de nuestra persona por no resultar vanos y ridículos”. Un poco más tarde cita a Voltaire y escribe: “todos los géneros literarios son buenos [...] menos el género aburrido. Espero haber logrado este solo mérito: el de no aburrir a quien nos lea”. Querría yo acogerme también a este deseo y propósito de mi antiguo presidente. Y para ello, una receta infalible es la de ser breve y empieza a ser ya algo tarde, en este caso, para el consejo. Por lo tanto habrá que ir acabando. Pero con unas pocas explicaciones más. 

Sinceramente, el principal motivo para pensar en la terminación de esta tarea mía de historiador, que me he impuesto, es el no hacer excesivo el tamaño de esta narración. Pero sucede también que una serie de factores coopera a este desenlace, feliz para el lector y para todos. El acta del 16 de octubre del 43 es la última que se conserva de estos años y, como comentaba antes en el caso de la guerra civil, en el mismo libro, en la misma página, sin explicación razonable esta vez, aparece la siguiente acta, ¡del 3 de diciembre de 1963!, casi exactamente veinte años después. En el momento actual faltan, están perdidas, las actas de dos décadas de nuestra Asociación. Ha desaparecido la luz que canté antes con tanto entusiasmo y nos quedamos otra vez en las tinieblas. 

Sigue siendo presidente el Dr. Velasco Pajares hasta el 1945. De él encuentro sólo una obra catalogada en los fondos de la Biblioteca Nacional. Se trata de un prólogo, el dedicado al Tratado completo de Hidrología Médica, de 1942, escrito por otro miembro de la Asociación, Juan de Dios García Ayuso. Es de carácter exclusivamente profesional, sin veleidades literarias y no permite juzgar la labor de Velasco como escritor. Tiene unas seis páginas escasas. 


PARA COMPLETAR HASTA EL PRESENTE. 

Después de Velasco, ocupan la presidencia los doctores Juan Bosch Marín (1945-52) y Carlos Blanco Soler (1952-62). De este largo período no tenemos actas, ya digo, y me dejaré guiar por lo que cuenta Rico-Avello, que apenas dice nada del tiempo de Bosch Marín, salvo que con él como presidente -lo califica de cordial, liberal, de amplias miras-, se inicia la mesurada rectificación a una política de ingresos restrictiva. 

Del período de Blanco Soler cuenta algo más. Se reorganizó ampliamente la junta directiva en 1952, vuelve Fernán Pérez a la secretaría general y se celebran reuniones literarias en el salón de actos del viejo Colegio de Médicos de la calle Esparteros, con numeroso auditorio y participación de ilustres colegas. Muchas sesiones son presididas por Ruiz Giménez, Carrero Blanco, Muñoz Grandes, etc. Y se crean las medallas de oro, plata y bronce de la Asociación. La primera Medalla de Oro fue entregada, en el Pardo, al Jefe del estado (1957), la segunda al propio Dr. Blanco Soler (1958), etc. También menciona medallas de plata otorgadas en los concursos públicos de premios (el propio Rico-Avello recibió una) y sobre la concesión de medallas de bronce, dice textualmente: “he encontrado algunas noticias en actas”. Todos estos datos son bastante fiables porque Rico es ya contemporáneo de los hechos y, además, ha manejado actas que, desgraciadamente, ahora están perdidas. Pero existieron, lo dice él mismo. 

En 1962, tras la muerte de Blanco Soler, parece que hubo algún peligro de que la Asociación llegara a desaparecer. Pero se conjuró. Fue elegido presidente Manuel Izquierdo Hernández y un poco más tarde tenemos otra vez actas. La primera, como dije, es del 3 de octubre del 63 y está firmada por el secretario, Carlos Rico-Avello, que era tesorero en la anterior junta y pasó a desempeñar conjuntamente las dos funciones. Se reúnen en casa del presidente, a las 8.30. Precisamente en esta acta, se expresa el sentimiento por la muerte del anterior secretario, José Sánchez Morate, que lo era desde la dimisión de Fernán Pérez. En esta reunión se acuerda la fecha de la sesión inaugural del curso, con una conferencia del propio Rico, en Previsión Sanitaria Nacional, y se programan las sesiones sucesivas para ingresos y antiguos miembros. También la convocatoria de los premios de la Asociación y la propuesta a la próxima junta general de nuevos socios numerarios y corresponsales. Ha desaparecido ya el númerus clausus. Se habla igualmente del proyecto de editar una publicación con las actividades culturales de nuestra entidad y de las gestiones para conseguir una rápida legalización de la misma, actualmente al margen de las disposiciones legales, para lo que habría que elaborar los reglamentos, “que nunca han existido” (el subrayado es mío), para que se aprueben en junta general y se envíen a la Dirección General de Seguridad. Por cierto que ahora la Asociación se denomina, así figura en las actas, Asociación de Médicos Escritores y Artistas. Es la primera vez que veo este nombre, porque hemos estado veinte años sin actas. El cambio de nombre pudo ocurrir en cualquier momento durante este período. Rico lo sitúa en 1944 y así lo dejamos consignado nosotros en este momento, a falta de otra comprobación documental, que ya no he buscado. 

En la reunión de junta directiva del 14 de octubre de 1964, la Secretaría sugiere que se amplíe a 100 el número de miembros de Madrid y se procure incrementar las adhesiones y admisiones en provincias. Todo empieza a tener ya una estructura y un perfil muy parecidos a los actuales. El repasar las actas hasta el momento presente -ya sí existen sin interrupción- permite sólo comprobar cómo los problemas, las discusiones y las soluciones propuestas- y no cumplidas muchas- son más o menos constantes a lo largo del tiempo. En enero de 1964 hay una reorganización y puesta al día del libro de registro de socios, hecha con toda seguridad por Rico-Avello, y ya los datos empiezan a ser manejables, hasta el momento actual. 

Con actas y listas de socios manejables estamos ya en terra cognita y no merece la pena continuar, por ahora, la detallada exposición de los avatares de nuestra Asociación. En 1966, cambia su nombre y pasa a ser Sociedad de Médicos Escritores y Artistas, para evitar confusiones con la Asociación de Escritores y Artistas, más antigua, que se dirigió a nosotros en este sentido. En 1967 fue elegido Mariano F. Zúmel como presidente y Rico-Avello como vicepresidente. Hay algunos problemas económicos y se propone aumentar la cuota de los socios numerarios y aumentar en 50 el número de corresponsales, conservando en este caso la cuota. Como se ve, ha desaparecido ya cualquier tipo de restricción en la política de reclutamiento de socios. 

En el 69, por unanimidad, en la junta general del 16 de octubre, se acuerda que desaparezca el término Artistas del nombre de nuestra Sociedad (entonces es sociedad). Como, por otra parte, hemos quedado incorporados, según se menciona en el acta, a la Confederación Internacional de Escritores Médicos, ha de añadirse el adjetivo ‘española’. Queda, pues, nuestro nombre así: Sociedad Española de Médicos Escritores (SEME). Y ya se propone una asamblea o reunión nacional que podría tener lugar la primavera siguiente. Pero es en la junta general del 19 de octubre de 1972 cuando se aprueba otra vez, definitivamente, la celebración de una primera reunión anual de la Sociedad, para la primavera del 73, en Valladolid. 

A partir de entonces se han celebrado trece reuniones anuales de nuestra Sociedad/Asociación y doy como Apéndice II una lista con todas ellas. También se recogen en la misma, por orden cronológico, otras reuniones, que no tuvieron el carácter de reuniones anuales, quizá de menor entidad, y que fueron designadas como Encuentros Culturales. 

A partir de 1975 desaparece la distinción formal entre socios numerarios y corresponsales y todos son ya numerarios. En 1977, se recoge en el acta que hay 83 miembros numerarios en Madrid, 133 en provincias, y 7 extranjeros. La Sociedad tiene, al fin, un reglamento y una existencia legal. ¿No la había tenido antes? No he tenido tiempo de investigar este aspecto. Queda inscrita en los Registros nacional y provincial de Asociaciones, el 14 de enero de 1977. En la asamblea general del 19 de noviembre del 81 se elige una nueva junta directiva, cuyo presidente es Rico-Avello, y cesa Zúmel, que se convierte en el presidente de más largo mandato (desde 1967 a 1981). 

En 1987, Rico dimite “inexorablemente, por razones personales” y pasa a ocupar la presidencia la Dra. Fernanda Monasterio Cobelo, con fecha 1 de octubre. En 1988, en junta general extraordinaria, el 14 de abril, se discute el borrador de nuevos estatutos, se adopta la denominación de Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas (ASEMEYA) y el Dr. Carlos Daudén promete diseñar un nuevo logotipo, que es el actual. El de la SEME era una cruz de Malta, cruzada en doble diagonal por una pluma y un pincel. Con fecha 22 de julio se aprueban los nuevos Estatutos, los actuales ya, por la Dirección General de Política Interior. 

En 1993, un viejo sueño, acariciado por generaciones, y no creo exagerar, se cumple: la Asociación tiene su propia revista, dirigida por el Dr. José Ignacio Arana Amurrio. El sueño duró lo que duran los sueños y todo resultó demasiado efímero. Pero fue bonito mientras duró. A todos nos llevó un tiempo reponernos de tan sensible pérdida. 

En la junta general del 19 de octubre del 95 fue elegido presidente de la Asociación el Dr. Jaime Salom Vidal, que era vicepresidente desde 1987, y en esas estamos. En 1997 fue elegido secretario el que esto escribe. El nombramiento de secretario es el más difícil siempre, porque se trata de encontrar algún despistado -se me podrían ocurrir incluso adjetivos más duros, en mis circunstancias- que, acosado, indefenso y tímido, acepte. Pues este fue mi caso y así me perdí yo, pasados ya los cincuenta años de mi vida. Pero, ¿sabéis lo que ocurre? Pues que uno va conociendo mejor a la Asociación y se le toma cariño -conocer es querer- y hace cosas como esta de escribir, malamente, su historia y se encariña aún más. Tenemos una historia interesante, brillante en ocasiones, tierna también en momentos. Sobre todo si uno sabe ver, o si uno quiere ver, qué más da. Para mí, internarme en el pasado de ASEMEYA ha sido una fiesta y, aunque también haya requerido algo de esfuerzo, me ha compensado con creces. Me he colado en las juntas, he escuchado lo que decían, he opinado, he discutido y hasta he votado, cuando lo excepcional de las circunstancias lo requería. No de manera habitual, eso no. 

Decía Borges que el periodismo se basa en la falsa creencia de que todos los días sucede algo nuevo. Podría yo decir también que la ciencia histórica descansa en el falso convencimiento de que el pasado fue distinto. Y muchas cosas son siempre iguales. Desde luego, los hombres. Por ello me ha resultado tan fácil reconocer a estos antiguos socios y mezclarme con ellos. Casi todos los viejos temas de nuestra Sociedad, los que nos ocupan ahora mismo, aparecen y reaparecen a lo largo de esta pequeña historia, como si el tiempo, aun con ritmo misterioso y cambiante, retornara siempre. La verdad está en los relojes de arena, en los que esta pasa incansable de una ampolla de vidrio a la otra, siempre la misma, inalterable y quizá eterna. 

He escrito con detalle hasta 1943, hasta que se interrumpen las actas. Casi todos los personajes de los que hablo hasta esa fecha han desaparecido. A veces los he percibido, a través de la confusa niebla de la muerte, varados, silenciosos y expectantes en una orilla lejana, víctimas de una ausencia desproporcionada y excesiva. Entonces eran imponentes, tenuemente iluminados en una noche eterna, inmutable, sin aurora posible. Pero confieso que la mayoría de las veces los he visto vivos, agitados, inquietos por los avatares alegres y tristes de la vida. La inmensa mayoría de las veces. O sea, que no me han arrastrado a su silencio, sino que han vuelto verdaderamente a la vida, espoleados por los deseos, por las ilusiones y por los recuerdos. Listos para volver a luchar, quizá contentos de tener todavía otra oportunidad de meterse en el frenético remolino de la existencia. Los he visto altivos, valientes, sin lamentarse por la interrupción momentánea de su descanso, agradecidos y amables. Los recordé, y acudieron, despojados de cualquier vestigio de sus muertes diversas. De entre todos ellos, uno, de nuestra Asociación -lo he sabido después-, se había sumergido voluntaria y precipitadamente en la nada. 

He tratado de ser exigente en la comprobación de los hechos y sólo excepcionalmente me he entregado al encanto de la evocación libre. Me lo he permitido porque sé que escribo para quienes saben discernir. En este sentido, tengo que aclarar que, aunque este librito estará expuesto quizá a otros lectores, yo lo he pensado, sobre todo, para los miembros de nuestra Asociación. Non scribo cuiqam nisi amicis. 

Una última pequeña historia, tal como la aprendí, hace ya muchos años: El médico había prescrito a un rey que padecía del estómago, que comiese un palomino tierno. Cuando oyó esta alarmante noticia, una palomita llegó hasta el rey y le dijo: «Te suplico que no te comas a mi hijo». El rey le respondió: «¿Y cómo voy a reconocerlo?». «Es facilísimo, respondió la paloma, es el más bello, el más sano, el más robusto, el más esbelto de todo el palomar». Enternecido el rey por tanto amor materno, ordenó que le cocinaran el más feo, el más débil, es decir, el que tuviese menos probabilidades de convertirse en un palomo gallardo y longevo. Y así se hizo. A la mañana siguiente, la madre se presentó de nuevo al rey, llorando: «Te has comido al pichón más bello de todo el palomar. A mi pobre hijo». 

Lo cuento -no haría ni falta- para resaltar lo difícil que es juzgar lo propio, cómo podemos fatalmente equivocarnos. Quizá he sido indulgente al comentar algunos aspectos del pasado de nuestra Asociación, al criticar los textos, las obras de nuestros presidentes. Pero también he dejado de contar otros logros y éxitos. Por otra parte, creo honradamente que muchos de nosotros no disponemos de excesivo tiempo para nuestras aficiones literarias y no se nos debería exigir una gran cantidad de obra publicada. Si se ha escrito algo que sea bueno, aunque sea poco, aunque sea único, es ya valioso. Este criterio me ha guiado al escoger los fragmentos de obras reproducidos. 

Algo más. Con criterios muy estrictos, son muy pocas las obras, o los personajes, indiscutibles. Manejando algún libro de memorias reciente, veo juicios mucho más severos que los míos. Yo tiendo inevitablemente a la contención, porque esto, además, no es un ensayo de crítica literaria. Me fijo más en el aspecto humano. Hasta 1943, he hablado casi siempre de hombres desaparecidos. Y aunque, lo dije antes, me los he imaginado vivos, a la hora de juzgarlos sí los he visto más como sombras, como proyectos ya arruinados para siempre, sin posibilidad de redención o defensa. Como mínimos reflejos que brillaron un momento sobre una pequeña brizna errante de este desmesurado universo. No. Mucho menos que eso. Es imposible expresar cabalmente nuestra radical inanidad. Sólo un Dios infinitamente atento y escrutador podría discernirnos. Escribió Pascal: “¿Qué quimera es esa que llamamos hombre? [...] Gloria y oprobio del universo. Si se encumbra, yo le postro; si se postra, yo le encumbro”. Y yo me he encontrado con hombres postrados por la muerte, pasmados para siempre por la vacuidad de la vida, condenados al olvido, al desamparo de no ser, maravillados e incrédulos de haber consumido tan pronto la exigua existencia que tuvieron. Seres que no tienen nada, seres que ya no son. No los he podido, no los he querido juzgar. Estaban postrados y quizá, de alguna manera, he tratado de encumbrarlos. En cualquier caso, mis apreciaciones no derivan de una deformación catatímica de la realidad, sino de un deliberado ánimo de benevolencia. 

En fin, pienso, sinceramente, que lo más complicado o difícil está hecho, aunque pueda equivocarme en esta apreciación. En cualquier caso, feci quod potui; faciant meliora potentes. En la exposición histórica, a veces reitero los hechos, porque los hallazgos sucesivos completaban o corregían los anteriores y no me ha parecido inoportuno conservar un poco los diferentes estratos de mi proceso de indagación. También para enfatizar algún acontecimiento concreto. La tarea de terminar más detalladamente la historia de los últimos años (recuérdese que yo he escrito sólo la de los primeros, aunque haya hecho, por completar, una brevísima descripción hasta el presente) quizá ya es más sencilla y ni siquiera descarto que pueda continuarla algún día. Sobre todo, si conseguimos recuperar las actas que faltan, tarea a la que merece la pena dedicarse y que podría dar sus frutos. Por ahora, creo que he abusado más de la cuenta de la paciencia de los lectores, de mis amigos lectores.

Dr. Francisco L. Redondo Álvaro.

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